La ansiedad nace donde termina nuestro control

¿Y si la mayor causa de ansiedad de nuestra época no fuera el exceso de trabajo, sino la ilusión de que podemos controlar el resultado de nuestra vida?

Vivimos convencidos de que, si nos esforzamos lo suficiente, lograremos exactamente lo que queremos. Nos educaron bajo la premisa de que todo depende de nosotros, pero la experiencia demuestra, una y otra vez, que no es así. Podemos preparar una reunión impecable y perder el negocio. Podemos criar a nuestros hijos con los mejores valores y aun así tomarán caminos distintos a los esperados. Podemos cuidarnos durante años y enfermarnos igual.

Eso no significa que el esfuerzo no importe. Significa que el resultado nunca nos perteneció por completo.

En la tradición judía existen dos conceptos extraordinarios para navegar esta paradoja: emuná y bitajón. El primero es la convicción profunda de que la vida tiene un sentido, incluso cuando no logramos descifrarlo. El segundo es la confianza de poner todo de nuestra parte, sabiendo que el desenlace final ya no depende de nosotros y escapa a nuestras manos.

Lo interesante de esta perspectiva es que cambia radicalmente la manera de liderar y, sobre todo, de vivir. Cuando aceptamos que el desenlace final trasciende nuestra voluntad, ocurre un cambio profundo: el liderazgo deja de ser una carga y se convierte en una danza. Esta rendición consciente no es una renuncia, sino un alivio liberador que, al despojarnos de la ilusión de omnipotencia, permite que nuestra vida gane en profundidad, que avancemos más livianos, menos rígidos y mucho más atentos a las oportunidades que se esconden justo detrás de lo que no salió como esperábamos

Los líderes más sólidos no son quienes pretenden controlarlo todo sino quienes distinguen con claridad qué depende de ellos y qué no. Dan el máximo, toman decisiones difíciles, se preparan y perseveran… pero no viven esclavos del resultado. Han comprendido que intentar dominar lo incontrolable no produce mejores logros y, en vez, sólo produce más desgaste y ansiedad.

Con los años he descubierto algo curioso. Muchas de las vallas que en su momento consideré fracasos rotundos terminaron siendo grandes giros de timón. El negocio que no resultó abrió la puerta al correcto. La oportunidad perdida evitó un error mayor. La frustración que parecía una derrota se transformó en un desvío hacia algo mucho mejor, enseñándome que la vida no siempre nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos. Si eso ha ocurrido tantas veces, ¿por qué insistimos en creer que solo existe un buen resultado, el que nosotros habíamos imaginado?

Creo firmemente que la verdadera libertad no consiste en dejar de esforzarse, sino en dejar de cargar un peso que nunca nos correspondió. Hacer todo lo posible y, al mismo tiempo, confiar en que el desenlace, cualquiera que éste sea, también trae consigo una oportunidad de aprendizaje.

La próxima vez que la ansiedad aparezca, detente y pregúntate con absoluta honestidad ¿estoy preocupado por algo que depende de mí… o por algo que jamás estuvo en mis manos?

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