Decidí no odiar

A raíz de que estoy escribiendo mi próximo libro, que trata sobre liderazgo, fortaleza y entrenamiento mental, busqué sumergirme en historias de vida, personales y de terceros, que pudieran representar y graficar de manera poderosa las ideas que quería transmitir en cada uno de sus capítulos. Cuando llegué al tema del perdón, no sabía mucho de un tal Armando Valladares, poeta, escritor, pintor y preso político durante 22 años en Cuba. Él había sido encarcelado, sin juicio de por medio, por negarse a poner un cartel en su oficina que decía «Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista, que yo estoy con él».

Cuando un periodista le preguntó cómo hizo para sobrevivir a esos años de encierro y tortura, su respuesta fue simple «Decidí no odiar a Fidel Castro», dijo.

Entender a Valladares y su decisión de permanecer en la cárcel, en vez de cambiar sus valores y su conducta puede parecer difícil. Sin embargo, cuando decidimos dejar de tener odio o rencor y optamos por perdonar, estamos en realidad ejecutando un acto de liberación y bondad hacia nosotros mismos. Nos liberamos nosotros de ese sufrimiento y carga emocional negativa que nos limita alcanzar otros estados superiores de bienestar y paz interior. Sin ello, es muy difícil que podamos dominar nuestra mente.

Al hablar de fortaleza mental, inmediatamente se me viene a la mente el nombre de Victor Frankl, sobreviviente judío del holocausto, quien eligió perdonar a sus captores de la prisión Nazi de Auschwitz y logró encontrar una profunda verdad sobre el poder del perdón y la elección de encontrar significado a las cosas, aún en medio del horror.

En época de guerras, de confrontaciones, de idealismos y fanatismos, quiero invitar a los lectores a reflexionar y contribuir a generar espacios de diálogo, que permitan entender la perspectiva del otro, sin juicios y con respeto hacia quien piensa distinto. No se trata de justificarlo, sino más bien de encontrar los caminos para comprender al otro y así establecer un puente de diálogo que permita la coexistencia. No podemos importar conflictos que no nos pertenecen, generando odio, miedo y discriminación hacia las personas por su religión, cultura o etnia. El perdón y el entendimiento son pilares fundamentales para construir una sociedad más justa y pacífica.

En las últimas semanas y meses he sido testigo de agresiones de diversa índole hacia judíos en todo el mundo, incluyendo muestras de antisemitismo en las más prestigiosas universidades del mundo. Eso no es lo que queremos construir como sociedad y menos desde una casa de estudios donde, según palabras de Carlos Peña, «quien se incorpora a la universidad adquiere el compromiso de que sus intereses, puntos de vista, pertenencias y lealtades se subordinen a los deberes que impone la racionalidad». Es en ese espacio en donde el librepensamiento y la tolerancia deben verse mejor representados con un camino de diálogo y contrastando ideas, no atacando personas.

La invitación es clara: elijamos el camino del diálogo, la comprensión y la empatía siempre. La defensa de uno no se puede convertir en el odio a los otros.

Una generación ansiosa

La depresión severa en niños y niñas adolescentes presentó un aumento de 161% y 145% respectivamente entre los años 2010 y 2020. Son datos que corresponden a un estudio de Jonathan David Haidt, psicólogo social estadounidense, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, que fue publicado recientemente en un libro bajo el nombre «La generación ansiosa». En el documento describe, a través de datos precisos y gráficos, cómo se está llevando a cabo una reconfiguración de la mente de los jóvenes con el uso de tecnología y el consumo indiscriminado de redes sociales. Lo anterior estaría generando una epidemia de enfermedades mentales y crisis de ansiedad, según el referido estudio, el que toma muestras de distintos países, incluyendo Estados Unidos, Canadá, Suecia y UK, entre otros.

Lo que considero más alarmante es el incremento de un 188% en casos de asistencia a centros médicos por autolesiones, lo que se condice con el aumento en la tasa de suicidios en adolescentes de ambos géneros.

La exposición a la tecnología está redefiniendo la forma en que el cerebro procesa información y responde a los estímulos. La constante exposición a redes sociales y juegos en línea está llevando a un «recableado» de los circuitos cerebrales dominados cada vez más por recompensas de corto plazo, con profundas consecuencias en el desarrollo cognitivo, emocional y social de los jóvenes, lo que merece una atención cuidadosa y crítica por parte de la sociedad.

Los jóvenes han reducido el nivel de encuentros diarios con amigos fuera del colegio, lo que ha provocado mayor sensación de soledad y falta de significado en sus vidas. Según el mismo estudio, el futuro no es visto como prometedor por más del 10% de los jóvenes y cerca de un tercio de ellos dice sentirse solo o sola frecuentemente.

Otros autores han expuesto sobre el impacto de la tecnología en los más jóvenes, como recientemente lo hizo el científico francés Michel Desmurget, quien afirma en su libro «Más Libros y Menos Pantallas» que estamos frente a un desastre sanitario. Dice que dejar que un niño de dos o tres años se atiborre de pantallas es una forma de abuso, y el Estado debe actuar. Lo mismo ha sido estudiado en universidades, como Harvard, donde los investigadores han encontrado cambios relevantes en la estructura y función del cerebro, especialmente en regiones relacionadas con la recompensa y la toma de decisiones. La literatura es amplia en este ámbito.

Mientras la tecnología puede generar muchos beneficios y herramientas para administrar la ansiedad, es importante encontrar el balance preciso que funcione para cada individuo y pueda ayudar a mejorar la salud mental. Las comparaciones permanentes con otros, en sus versiones perfectas, nos pueden llevar a una empobrecida imagen de nosotros mismos y a las alteraciones y enfermedades antes mencionadas. Es por eso que alejarse un poco de las pantallas y dar un respiro a la infoxicación seguro será muy beneficioso.

De lo anterior nacen muchas preguntas y preocupaciones. ¿Cómo podríamos hacernos cargo, en nuestro papel de adultos, de gobierno y de sociedad para velar por políticas y regulaciones que protejan a los niños y jóvenes contra los riesgos asociados con el uso excesivo de tecnología? El Académico UC y Director de EducomLab, Daniel Halpern, concuerda con Haidt y plantea la relevancia de 4 acciones inmediatas:
1) Retrasar la entrega de smartphones hasta primero medio.
2) Regular el uso de redes sociales con filtros parentales para evitar que los jóvenes se expongan en el periodo más vulnerable de su desarrollo cerebral.
3) Reducir el mundo digital en la realidad escolar, focalizando su atención offline.
4) Que jueguen más y ayudarlos a ser más independientes para un mejor desarrollo de habilidades sociales.

El desafío entonces será encontrar y disponer de alternativas saludables y gratificantes que actúen en reemplazo de la excesiva exposición a la tecnología y que pueden ofrecerse como complemento para el desarrollo cognitivo y emocional de los más jóvenes. Según el científico francés, el único antídoto es la lectura. Nosotros como padres tenemos la responsabilidad de actuar ahora.

El umbral de la singularidad

Fue hace ya 25 años que Ray Kurzweil predijo que los computadores alcanzarían niveles de inteligencia equiparables a los de los humanos promedio antes del 2029 (The Age of Spiritual Machines ). Estamos diciendo que los computadores podrán hacer cualquier cosa que cualquier ser humano pueda hacer, lo que podría ocurrir incluso antes, ya que pareciera que estamos adelantados un par de años sobre esa predicción. La Inteligencia Artificial General (IAG) plantea un paradigma que va más allá de los límites tecnológicos y nos adentra en el plano de lo filosófico. Nos encontramos ante el umbral de la singularidad, un punto de inflexión donde las máquinas podrían igualar e incluso superar la capacidad cognitiva humana. Este hito, aunque fascinante desde el punto de vista científico y tecnológico, despierta cuestiones profundas sobre la esencia misma de lo que significa ser humano.

Desde una perspectiva filosófica, nos plantea interrogantes existenciales sobre la naturaleza de la conciencia, el libre albedrío y la moralidad. ¿Podrán estas máquinas experimentar la conciencia de la misma manera que lo hacemos los humanos? ¿Poseerán la capacidad de tomar decisiones éticas basadas en valores y emociones, o simplemente seguirán un conjunto de algoritmos predefinidos? Estas preguntas nos invitan a reflexionar sobre la esencia de nuestra propia humanidad y la relación entre la inteligencia y la ética.

La discusión se está llevando también en Chile en la Comisión Desafíos del Futuro del Senado y no ha sido ajena en todo el mundo. Recientemente la Unión Europea aprobó un paquete de reglas para el uso de esta tecnología que, entre otras cosas, establece definiciones claras y rigurosas sobre la seguridad de su uso en distintos aspectos, incluido el ético.

¿Cuál será entonces el papel de los seres humanos en un mundo donde las máquinas son capaces de realizar tareas cognitivas de manera igual o incluso superior? ¿Cómo garantizaremos la equidad y la justicia en una sociedad donde la tecnología puede amplificar las desigualdades existentes? Estos dilemas nos instan a repensar nuestras estructuras sociales y económicas, así como nuestras concepciones tradicionales de trabajo, propiedad y poder.

Por otro lado, la llegada de la IAG también podría ofrecer oportunidades para el progreso humano sin precedentes. Desde la medicina hasta la exploración espacial, las máquinas con capacidades cognitivas avanzadas podrían acelerar el ritmo de descubrimiento y mejora tecnológica, abriendo nuevas fronteras en el conocimiento y la innovación. Sin embargo, este potencial también conlleva riesgos significativos, desde la pérdida de empleo hasta la creación de armas autónomas con el potencial de causar daño a gran escala.

Estos dilemas a los que nos enfrentamos con la IAG nos recuerdan que, más allá de los avances técnicos y científicos, nuestra humanidad reside en nuestra capacidad para reflexionar, cuestionar y aspirar a un futuro mejor. La filosofía puede ser el faro necesario que nos guíe a través de las complejidades éticas y existenciales de un mundo cada vez más interconectado y automatizado. Sin embargo, la invitación es que, en lugar de temer a la llegada de la IAG, debemos abrazarla como una oportunidad para explorar y definir lo que significa ser un ser humano en un mundo en constante evolución.

Lo que se esconde detrás del miedo

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«Dios pone las mejores cosas de la vida del otro lado del miedo«

Así termina una breve charla que dio el año 2021 el reconocido actor Will Smith a un grupo de personas.

Cada vez que me enfrento a un nuevo desafío, siento algo de miedo y ansiedad. Una mezcla entre ambas cosas, que es la forma en la cual nuestra biología responde ante el temor al futuro, a lo desconocido, al «qué puede pasar».

Hace poco tuve la oportunidad de saltar en paracaídas. Era algo que quería hacer, pero, para ser honesto, siempre le hacía el quite. Excusas habían de sobra para no enfrentar el desafío. Estoy seguro que es lo mismo que tu y yo hemos hecho en muchas otras situaciones. Lo veo a cada rato con emprendedores que no se atreven. Excusas y más excusas.

Días antes del día D, en el cual saltaría, empezó a costarme conciliar el sueño. Mis pensamientos comenzaron a ser negativos y fatalistas. Pensaba en la posibilidad de falla del paracaídas o incluso en un infarto al momento del salto. Creo que el proceso previo fue algo sufrido. Algo que no debía haber sido así, considerando que fui piloto de aviones y planeadores por más de 16 años. Es decir, no le tengo miedo a las alturas.

Will Smith dijo esa frase en el mismo contexto. El saltó en el mismo lugar y con la misma empresa donde yo lo hice. Al relatar su experiencia cuenta que después de la eufora inicial sintió pánico, desde la noche previa hasta justo antes del salto. Para él, la experiencia era como enfrentarse a la muerte de manera voluntaria e incluso se cuestionó por qué había tomado esa decisión. De hecho, nunca había estado en un avión con la puerta abierta; “terror, terror, terror”, decía entre las risas de los oyentes. Pero todo eso fue antes… antes de saltar.

Después de haber saltado puedo decirles que me pasó lo mismo. En el momento de mayor peligro, al saltar, desapareció completamente el miedo. Parece increíble, pero así fue.

Los 50 segundos de caída libre fueron una de las experiencias más maravillosas que he vivido. El miedo desapareció en el mismo segundo de salto y el haberme atrevido y haber sentido lo que es volar (o mejor dicho caer), sin nada que te sostenga, fue realmente extraordinario.  (Tengo un video del salto https://youtu.be/zKOZYSq2nDs)

La mayoría de las veces los grandes premios llegan después de que nos aventuramos a lo desconocido y nos arriesgamos a salir de nuestra zona de confort.

Son los pensamientos, el llamado lenguaje de nuestro cerebro, los que pueden traicionarnos y evitar que lo intentemos. Por ese debemos utilizarlo para atraer lo que queremos en nuestra vida con el mensaje correcto.

La próxima vez que sientas miedo y ansiedad y veas que no estás logrando lo que quieres o sientas que tus emociones te traicionan, piensa en qué mensajes está generando tu mente. Si queremos cambiar algún aspecto de nuestra realidad, tenemos que pensar, sentir y actuar de una forma diferente. La mente puede entrenarse. Se puede. Por eso, atrévete, porque las mejores cosas se esconden detrás del miedo!

¡Eres un mentiroso!

Fuente imagen: http://vortice.uaem.mx/

Hace algunas semanas presencié una conversación entre dos amigos, mientras tomábamos un café un viernes por la tarde. No es de utilidad reproducir aquí todo lo que conversaron, pero sí dos frases importantes que bien vale analizar. En un momento, cuando la conversación se ponía un poco más acalorada, se produjo el siguiente intercambio:

«No me estás entendiendo. ¡Te he explicado tres veces como es la situación«

«Es que yo lo veo distinto.«

«¿Cómo puedes verlo distinto? Es evidente lo que te digo. No quieres verlo, eso es lo que pasa.«

¿Cuántas veces te has enfrentado a una conversación que incluye frases de este tipo? Si te fijas, una de las personas intenta explicar a la otra cómo es la situación, la «verdad de los hechos». El sólo hecho de utilizar ese lenguaje nos dice que quien habla está considerando su punto de vista como una realidad, como “la verdad”. Quien escucha le responde que “lo ve distinto”. Esto también nos da cuenta del hecho  de que existe al menos un punto de vista diferente al primero, es decir, una segunda realidad interpretativa. 

Si esos dos amigos que discutían hubieran hecho este ejercicio mental, es decir, entendieran que existen observadores distintos y que ambos pueden tener la razón, entonces tal vez habrían concluido que la otra parte tenía argumentos válidos y razones suficientes como para ver la situación, literalmente, al revés. 

Probablemente habrían surgido frases como: 

«Entiendo lo que me dices. Y seguro debe ser difícil para ti esta situación por todo lo que has pasado. Déjame contarte qué me sucede a mí en este tipo de situaciones y por qué lo veo diferente.«

Ese tipo de frases no aparecieron en la conversación. Frases que empaticen con el relato y la historia del otro.

Esto que parece tan básico es una de las principales causas de las situaciones conflictivas que vivimos en nuestras relaciones en el ámbito personal y profesional y una de las habilidades esenciales de un verdadero líder. 

Si no comparto con alguien el mismo criterio, es decir, la interpretación de lo conveniente o correcto, es porque cada uno interpreta de acuerdo a su propio ser (historia, formación, contexto, etc.). No por eso la apreciación de mi interlocutor es correcta o incorrecta.

¿Cuántas veces has etiquetado una situación como desfavorable y al cabo de un tiempo, mirando en retrospectiva, la consideras favorable? A alguien que lo despiden de su trabajo la situación le parecerá muy desfavorable, hasta que alguien que se entera le ofrece un trabajo mucho mejor. Esa nueva posibilidad probablemente no hubiese llegado si no hubiese perdido su anterior empleo. O casos como los que veo a diario, en donde personas sin trabajo se ven “obligadas” a emprender, lo que termina siendo el gran negocio y oportunidad de crecimiento de sus vidas. Nunca se hubiesen atrevido si no se los hubiera obligado.

En el liderazgo empresarial, comprender que nuestra percepción de la realidad es subjetiva y construída a partir de interpretaciones, resulta esencial. En otras palabras, dar la posibilidad a que la verdad que se busca esté llena de matices que la hacen una verdad “a medias”, la que necesita de ajustes y entendimiento más profundos antes de apresurarse a intervenir.

¿Cómo puede ser eso? Uno de los dos debe estar mintiendo o faltando a la verdad, ¿o no? Es típico pensar esto cuando tenemos una opinión formada sobre los hechos pero no nos hemos dado el tiempo para entenderlos. No siempre hay un mentiroso en la ecuación.

No seas un infeliz

Ayer me hice un regalo. Me sentía adolorido y cansado después de un año duro, así que me fui a hacer un masaje a uno de los mejores hoteles de Santiago. Era caro, pero creo que me lo merecía y era una buena forma de comenzar el año.

Cuando termina un año, todos nos deseamos salud y felicidad para el siguiente. Hablando con uno de mis amigos, me decía «cada vez que puedo aprovecho de darme algún gustito… comer rico, escaparme a algún lugar o cualquier otra cosa que me de placer». Lo encontré genial. De hecho, yo trato de hacer lo mismo y, después de escucharlo, me sentí mejor aún por la decisión del masaje.

Para Aristóteles, la felicidad es un fin, un bien supremo. Según él, no es posible ganarse la felicidad de un momento a otro, así como tampoco es posible perderla espontáneamente, por lo que su valor está, decía el filósofo, en la forma en la cual vivimos nuestra vida. En otras palabras, se trata de enfocarse en una vida dichosa, que está dada por una conducta recta.

A diferencia de lo que la mayoría de los seres humanos hacemos, es decir, buscar la felicidad a través de momentos que persiguen los placeres instantáneos, según Aristóteles, la felicidad consiste en hacer el bien más que en recibirlo.

Cada vez que perseguimos placeres, como comernos un chocolate o llegar a la cima de un cerro, activamos la dopamina, una hormona asociada a nuestras motivaciones y que nos genera placer de corto plazo. La felicidad está asociada a la serotonina, otro neurotransmisor que, en cambio y entre otras funciones, regula nuestro estado de ánimo de largo plazo, por lo que la felicidad no estaría asociada a los premios que nos damos, sino que más bien a la realización plena de nuestra propia naturaleza.

Diversos estudios demuestran cómo en la medida que más buscamos el placer de corto plazo, la dopamina actúa reforzando la recompensa cerebral y, por ende, motivándonos a repetir esa conducta una y otra vez, con el riesgo de hacernos adictos a ella. Este mecanismo sobreestimula las neuronas de serotonina en forma excesiva y las va inhibiendo en la medida que la conducta placentera es repetida en el tiempo.

No sabía y me costaba aceptar este hecho. Es decir, ¿mientras más placer buscamos, somos más infelices? Según la ciencia, es así. Solemos confundir el placer con la felicidad, lo que nos puede llevar a tomar malas decisiones en nuestra vida persiguiendo objetivos equivocados y de corto plazo, que consiguen engañar al cerebro. La serotonina no activa las neuronas como lo hace la dopamina, sino que las desacelera y, al hacer esto, activa el proceso de la alegría, ese sentimiento de ser uno con el mundo, eso que llamamos felicidad.

En este nuevo año, cuando nos deseamos ser más felices, la invitación es a pensar en estados de conciencia que nos permitan desarrollar nuestro máximo potencial y ponerlo al servicio y en armonía con el bien común, según el propósito individual de cada cual. Si bien la vida está hecha de momentos, frase atribuida a Borges, la felicidad plena sólo se encuentra a través del desarrollo integral de nuestra naturaleza humana. Feliz 2024!

Quiero ser un cavernícola

Imagen generada por IA

¿Alguna vez has intentado recordar los números de teléfono de las cinco personas más cercanas a ti? Yo, honestamente, apenas recuerdo el mío. Mi memoria siempre ha sido un desafío, y últimamente, parece que está en su peor momento. Hasta ahora, no ha sido tema ni ha afectado demasiado; después de todo, tengo un smartphone y un notebook que hacen ese trabajo por mí.

Sin embargo, me pregunto si nuestra creciente dependencia de los dispositivos electrónicos está, de alguna manera, afectando negativamente nuestras habilidades cognitivas y nuestra memoria a corto plazo. La neurología está investigando la relación entre la tecnología y el cerebro y, hasta ahora, parecería que el uso de computadores no perjudica el desarrollo cognitivo; de hecho, contribuye a basar el conocimiento en datos reales, evolucionando hacia funciones más sofisticadas y externalizando las más básicas. ¿Por qué molestarnos en memorizar números telefónicos y nombres cuando tenemos el celular o la agenda?

Recientemente, vi una charla TED que planteaba un ejercicio mental. Imagina traer a un cavernícola al presente. Tendría enormes problemas para adaptarse a nuestra sociedad moderna, no manejaría nuestros códigos ni el lenguaje, pero sobreviría, decía el autor. Pero, por el contrario, si alguno de nosotros fuera llevado al pasado, digamos unos 10 mil años atrás, no sobreviviríamos ni dos días. Sobrevivir a la primera noche de frío sería un logro, pero moriríamos de hambre al día siguiente porque no tendríamos supermercados donde comprar y no sabemos cazar.

Esta invitación a imaginar me hizo reflexionar. ¿Realmente estamos más desvalidos que los cavernícolas? No lo creo, pero tal vez deberíamos pensar en las habilidades que estamos perdiendo cada vez que delegamos nuestras acciones a la tecnología.

Me resisto a la idea de que estaríamos más desvalidos en el pasado que los cavernícolas en el presente. ¿Qué hemos perdido en el camino? ¿Y qué hemos ganado? Hemos aprendido a externalizar funciones cerebrales en herramientas tecnológicas, algo que se llama «cognición extendida». Es como tener un cerebro suplementario, creado a lo largo de la historia con herramientas tecnológicas que nos permiten mejorar lo que, como humanos, no hacemos tan bien. Cada herramienta tecnológica es, en esencia, una extensión de nuestro cerebro humano. El cavernícola de la historia tuvo que crear una lanza, usando piedras, para cazar.

Varios estudios indican que la constante exposición a la tecnología nos ha liberado espacio en el cerebro para guardar información más útil y relevante, permitiendo que la tecnología almacene datos específicos, como fechas y números. Eso hemos ganado. Pero, ¿perdimos algo en realidad? Aún no lo sabemos con certeza, aunque está claro que el cerebro se adapta a las circunstancias a largo plazo, con posibles efectos cognitivos permanentes.

No tengo dudas sobre el valor que aporta la tecnología y lo emocionante que será con el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial. Sin embargo, creo que hay una advertencia clara que no debemos ignorar: la dependencia indiscriminada de la tecnología podría ir de la mano con la migración de nuestras habilidades, e incluso con la pérdida gradual de nuestras habilidades innatas, al punto de no poder sobrevivir sin ellas en ciertos entornos. Entonces, ¿cuál es el equilibrio que debemos encontrar para que la tecnología no se convierta en una muleta que sostiene nuestras habilidades? La clave está en tener la sabiduría para saber cuándo dejar que nos guíe y cuándo es el momento de desconectar y ejercitar nuestras capacidades innatas.

La pregunta es más importante que la respuesta

“Si yo tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de
la solución, yo gastaría los primeros 55 minutos para determinar
la pregunta apropiada , porque una vez supiera la pregunta correcta,
yo podría resolver el problema en menos de cinco minutos»

—ALBERT
EINSTEIN

Mi actividad principal en los últimos años ha estado enfocada en el acompañamiento de empresarios de startups en su trayecto de crecimiento. Me apasiona el debate en torno a la innovación y la creación de valor, especialmente a partir de la tecnología. A pesar de ello, me ha ocurrido más de alguna vez que me aburro en las reuniones y no logro concentrarme. Mi mente comienza a divagar con ideas que poco o nada tienen que ver con el propósito del encuentro. Seguro te ha pasado a tí también. ¿Te has preguntado qué aspectos podrían causar este desvío de atención? ¿Qué nos puede estar faltando para generar encuentros más productivos?

Es conocido que la calidad del conocimiento que adquirimos en nuestra vida y la eficacia de nuestras acciones depende en gran medida de la calidad de nuestras preguntas. Pareciera ser que nuestra mente se activa más cuando la desafiamos que cuando sólo recibe información. Varios premios Nobel han comentado que el momento «Eureka» se les presentó cuando se les reveló la pregunta «correcta».

El filósofo Hans-Georg Gadamer, en su libro Verdad y Método, plantea que preguntar abre la posibilidad al conocimiento.  «El sentido de preguntar consiste precisamente en dejar al descubierto la posibilidad de discutir sobre el sentido de lo que se pregunta. Una pregunta sin horizonte o sin sentido –escribe el autor–, es una pregunta en vacío que no lleva a ninguna parte«. De acuerdo con Gadamer, el preguntar es también el arte de pensar.

Filósofos como Sócrates enfatizan la importancia de cuestionar para comprender y vivir plenamente. Estas preguntas, en general, resultan difíciles de hacer ya que involucran cuestionar toda la existencia. Dudar de todo y no creer en todo lo que nos han contado sin reflexionarlo es parte de la libertad de pensamiento. Sócrates decía una y otra vez que filosofar es examinar la vida, cuestionarla, interrogarla, precisamente para poder vivirla humana y cabalmente.

Pero no basta con preguntar, es esencial hacer buenas preguntas. Bien vale preguntarse ¿qué diferencia hay entre preguntas que conducen a nuevas reflexiones y aquellas que no despiertan ningún interés?

En el mundo del coaching, se habla de preguntas poderosas. Son aquellas que abren espacios y posibilidades de reflexión, expandiendo nuestra comprensión interna y externa del mundo que nos rodea. Son preguntas que nos desafían a ser contestadas, por su calidad intrínseca, su llamado a la reflexión e invitación a la acción.

A través del poder de buenas preguntas no sólo creceremos como personas. También estamos aumentando nuestras capacidades de negociación, mejorando nuestras relaciones, desarrollando capacidades para resolver problemas complejos con nuestros equipos y, por supuesto, conocernos a nosotros mismos. Es decir, constituye una herramienta de vida.

El mundo está experimentando cambios monumentales a un ritmo vertiginoso. La pandemia, la inteligencia artificial, el cambio climático y las guerras que azotan al mundo son sólo algunos ejemplos de eventos que están reconfigurando nuestra vida, la forma en que trabajamos, vivimos y nos relacionamos, y por qué no decirlo, también, el orden mundial. Ante esta aceleración, ¿qué es lo que nos impide reflexionar? Si no damos el paso ahora, difícilmente tendremos las respuestas para poder enfrentar de mejor manera los desafíos que estos cambios nos están imponiendo.

En la cultura que vivimos, pareciera ser que nos sentimos cómodos con el No Saber y son pocos los que se lo cuestionan. La búsqueda rápida de la respuesta en Google o ChatGPT, cómoda y al alcance, a veces es la que nos impide poner énfasis en el análisis y la exploración de nuevas posibilidades, limitadas por las creencias aprendidas y la influencia de los medios. Ya lo aprendimos con la IA: para obtener buenas respuestas, debes hacer muy buenas preguntas (buenos prompts).

Seamos protagonistas y busquemos esas oportunidades que nos inviten a espacios de reflexión y exploración a través de preguntas catalizadoras y dejemos de tomar posiciones de pensamiento rígidas, que sólo nos limitan y nos llevan a malas decisiones.

Y tú, ¿te haz hecho preguntas poderosas?

Liderar con IA

La vertiginosa evolución de la tecnología ha catapultado a la inteligencia artificial (IA) al centro del escenario global. Esta proeza de la ingeniería ha encendido debates apasionados en diversos ámbitos, especialmente en el contexto del liderazgo. ¿Deberíamos temer que la IA usurpe el rol de los líderes humanos, como ya han aparecido gemelos digitales CEO’s, o más bien, podría fortalecer y potenciar sus capacidades?

El desarrollo de esta tecnología, que no es nueva, está ahora al alcance de todos y llenándonos cada día de más preguntas. La IA está generando nerviosismo y optimismo a la vez. No sabemos cómo enfrentaremos los desafíos éticos que conllevará dejar a los algoritmos decisiones importantes para la humanidad, ni tampoco si estaremos allí para poder interceder ante una mala decisión. Para algunos, como Yuval Harari, si no actuamos hoy, no sabremos si existiremos mañana. Todo está sucediendo muy rápido, como nunca antes lo habíamos vivido.

El desafío, sin embargo, no es sólo tecnológico. También enfrentamos un desafío monumental en el campo del liderazgo, ya que no estamos intrínsicamente preparados para movernos en ambientes VUCA, de alta volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad, como el que estamos viviendo. Sabemos que como líderes debemos abrazar la agilidad y la adaptabilidad – todos nos enseñan eso – para poder pivotar rápidamente como respuesta a cambios drásticos en el tablero de juego. También sabemos que debemos colaborar y buscar la diversidad en nuestros equipos, para lograr pensamientos divergentes que nos permitan mayores niveles de creatividad y trabajo interdisciplinaro.

Pero, ¿cómo podemos apoyarnos en la misma tecnología que nos trae las interrogantes para intentar mitigar o resolver este dilema de liderazgo? La IA, con su capacidad para analizar y procesar datos a una velocidad vertiginosa, promete brindar una perspicacia sin precedentes para tomar decisiones fundamentadas, analizando tendencias emergentes y amenazas potenciales, pero carece de la empatía, la intuición y el discernimiento emocional que caracterizan al liderazgo humano. La esencia del liderazgo radica en la habilidad humana para comprender, motivar y guiar a otros en la consecución de las metas compartidas, donde la creatividad, el juicio ético y la comprensión humana son fundamentales.

Así, entendiendo que la IA es un recurso poderoso que puede enriquecer y fortalecer el liderazgo humano, vemos que no puede reemplazar la esencia misma de lo que significa liderar. El libro «Human + Machine» de Daugherty y Wilson, subraya que la IA es una herramienta poderosa, pero el liderazgo efectivo en la era actual implica la habilidad de combinar sabiamente las capacidades de la tecnología con las habilidades humanas únicas. Los líderes que comprenden esta dinámica y promueven una colaboración efectiva entre humanos y máquinas estarán mejor preparados para enfrentar los desafíos de la incertidumbre y el cambio constante.

En este viaje hacia el futuro, es esencial que abracemos la IA como una aliada estratégica que amplíe nuestras capacidades y nos permita alcanzar nuevas alturas en la toma de decisiones y la resolución de problemas. La coexistencia armónica de ésta y nuestras capacidades únicas, promete un horizonte repleto de posibilidades, donde la unión de la máquina y el espíritu humano impulsará el progreso y la excelencia en todas las esferas de la sociedad.


El liderazgo humano trae consigo un valor inigualable: la habilidad para inspirar, conectar y liderar equipos en la consecución de objetivos comunes, por lo que la tecnología nunca debería ser vista como un sustituto, sino como una herramienta complementaria, al no poder replicar la autenticidad y la conexión emocional que un líder humano es capaz de forjar.

¿Todo es para bien?

Hace algunos días estuvo de visita en Chile Mois Navon, experto en Inteligencia Artificial y uno de los padres de las tecnologías detrás de los vehículos autónomos. El es co-fundador de la empresa Mobileye, adquirida el 2017 por Intel Corporation, por nada menos que US$15,1 billones.

En sus charlas, donde contó su historia personal y cómo fue el camino hasta vender la compañía, fracasos de por medio (estuvieron a punto de quedarse sin recursos y quebrar), siempre conecta su relato con la convicción de que todo lo que nos sucede en la vida es parte de un plan. Él, como rabino, dice que ese plan es divino. Otros podrán asociarlo a la suerte o a lo que llamamos destino, no importa. Yo, en particular, no creo en la suerte como determinante de todos nuestros éxitos y desgracias. Creo que vivimos en un mundo más bien neutral, en donde son nuestras respuestas a las circunstancias las que determinan nuestro destino.

Soy un convencido de que, en la medida que asumamos la responsabilidad de nuestras propias emociones y reacciones, podremos tomar el control de nuestras vidas, reconociendo que somos los creadores de nuestra experiencia interna y elegir usar una circunstancia aparentemente negativa como una oportunidad significativa de aprendizaje.

“El sabio se alegra en todo momento ya que considera que todo lo que sucede es lo mejor que puede suceder”

Esta frase fue dicha en lo que en el 300 a.d.C era lo que hoy son las charlas TED: charlas con las ideas dignas de difundir. Se le atribuye la frase a Zenon de Citio, fundador de la filosofía estoica.

Me pareció curioso que Mois también dijera en sus charlas que «todo es para bien» cuando le preguntaban sobre su historia y si lo que estábamos creando con la Inteligencia Artificial y la tecnología era bueno o no para la humanidad. La tecnología puede replicar cualquier cosa que pueda resolver nuestro cerebro, pero no está dotada de ética. Se la damos nosotros a través de nuestra conciencia, repetía como respuesta. Y a continuación, remataba con un ejemplo: ¿Cómo podría un auto autónomo decidir qué hacer cuando en su trayecto no hay opción de evitar el atropello de alguna persona entre varias?¿A quién elige? Lo que nos diferencia de las máquinas, capaces de realizar cualquier función que nuestro cerebro pueda hacer, es la conciencia y, por ende, la capacidad de sentir. Es decir, es nuestra capacidad para experimentar el mundo de la forma en que lo hacemos (pensar sobre el pensamiento) lo que nos permite tener un sentido del bien y del mal.

La conciencia es la que nos permite reflexionar sobre el impacto de nuestras decisiones en el mundo que nos rodea, sopesando valores y considerando el bien común. Aún así, todo lo que nos sucede nos puede dejar algo bueno, aunque nos cueste encontrarle el sentido al principio. Muchas veces son enseñanzas que nos permiten evolucionar. Yo, cada vez que me enfrento a una situación así, prefiero decir que todo pasa por algo y para algo.

Hace pocos días se conmemoró la muerte de Viktor Frankl,  un hombre cuya vida y enseñanzas continúan resonando con profundo significado en la actualidad. Durante su tiempo en los campos de concentración nazi, Frankl experimentó el horror y la brutalidad más allá de lo imaginable, pero, sin embargo, fue en medio de ese abismante sufrimiento que forjó una comprensión única sobre propósito humano. ¿La hubiese tenido si no hubiese pasado por esas aterradoras circunstancias? Es el momento de recomendarte su libro «El hombre en busca de sentido».

La comprensión de la dimensión humana, algo que debemos incorporar en las tecnologías emergentes, hará la diferencia sobre la respuesta que generemos en su uso. Como dijo Frankl, en las circunstancias más desgarradoras, los individuos conservamos la capacidad de elegir la actitud con la que respondemos hacia lo que nos sucede. En la medida que la IA avanza, es crucial no sólo dotarla de conocimiento, sino también de una perspectiva ética que refleje la complejidad de nuestras vidas y la importancia de tomar decisiones informadas y conscientes.

En la época que vivimos, de la cuarta revolución industrial, el desarrollo de un marco ético es un recordatorio de que, a pesar de los avances tecnológicos, seguimos siendo guardianes de nuestros valores y responsabilidades como seres humanos.