JOMO, un antídoto para la ansiedad

Vivimos en una era en la que las redes sociales y la conectividad constante amplifican nuestra percepción de lo que otros están haciendo, logrando o disfrutando. La vida de los demás siempre parece mejor que la nuestra a través de ese prisma. Este fenómeno, conocido como FOMO (“fear of missing out” o “miedo a perderse algo”), no sólo genera ansiedad, sino que también influye de manera significativa en nuestras decisiones. Nos hace perseguir tendencias y buscar experiencias que parezcan dignas de ser compartidas

En lo personal, también viví intensamente el síndrome de la vida ocupada. Quería estar al día de todo y hacer todo, hasta de lo que me decían las redes sociales que no podía perderme, como restaurantes o panoramas de moda, hacer deporte, dormir bien, asistir a todos los eventos donde era invitado y, por supuesto, cumplir con mi familia y el trabajo. La agenda era el espejo de mi éxito.

En el ámbito financiero, no querer perdernos las aparentes oportunidades es un síntoma de lo mismo, que puede conducirnos a decisiones precipitadas. Un ejemplo claro de esto fue la ola de inversiones en startups durante la última década, donde la promesa de pertenecer a la próxima gran revolución tecnológica nubló el juicio de muchos inversionistas. Guiados por el temor a quedarse fuera, se destinaron capitales exorbitantes a proyectos con modelos de negocio poco claros o expectativas de crecimiento irreales. Algunas compañías lograron levantar millones de dólares en rondas de financiamiento, sólo por prometer disrupción o crecimiento a toda costa, sin planes sólidos de monetización.

Pero, ¿Qué ocurriría si adoptamos una filosofía completamente opuesta? Aquí entra en escena un concepto emergente y poderoso: el JOMO (“joy of missing out” o “la alegría de perderse algo”).

El JOMO nos invita a abrazar la satisfacción de vivir una vida propia, desconectada de las expectativas externas y comparaciones constantes. En lugar de enfocarnos en lo que podríamos estar perdiéndonos, esta filosofía propone centrarnos en nuestras prioridades reales, disfrutar el momento presente y tomar decisiones alineadas con nuestros valores y objetivos a largo plazo.

En este sentido, no sólo es un antídoto para la ansiedad generada por el FOMO, sino también una guía hacia una vida más saludable y equilibrada, que exige hacer renuncias y saber delegar. Se trata de un fenómeno social que promueve una mayor desconexión de las redes sociales y el enfoque en la búsqueda de la satisfacción, lo que redunda en mayor bienestar personal y emocional, mejores relaciones interpersonales y una capacidad reforzada para tomar decisiones fundamentadas.

En el contexto de las inversiones y el emprendimiento, esta actitud de vida podría tener un impacto transformador. Rechazar la presión de subirse a cualquier tendencia o a cada nuevo hype, simplemente porque “todo el mundo lo está haciendo” permite enfocarse en oportunidades reales, sostenibles y alineadas con un propósito claro. En lugar de correr tras un espejismo, el inversor o emprendedor podrá evaluar riesgos con calma, cuestionar modelos de negocio y priorizar la calidad sobre la cantidad.

A lo mejor estás pensando que la invitación es a que renuncies a tu crecimiento o a las oportunidades. Todo lo contrario. Significa elegir conscientemente qué caminos recorrer y cuáles dejar de lado, entendiendo que perderse algo no sólo es inevitable, sino también deseable en muchos casos. Vivir comparándonos con los demás alimenta el ego y perpetúa una insatisfacción crónica. Vivir para nosotros mismos, en cambio, nos libera.

Disfrutar de nuestras elecciones, reconociendo que perderse algo es parte natural de una vida equilibrada no parece ser una postura revolucionaria, pero nos recuerda que no estamos aquí para cumplir con las expectativas de nadie más que las nuestras y que la verdadera riqueza no radica en lo que poseemos o experimentamos, sino en la paz que logramos al elegir con sabiduría. Quizás es momento de practicar el desapego y dejar de temer perdernos algo, para empezar a alegrarnos por todo lo que ganamos al decidir conscientemente cuándo decir que no y cómo vivir nuestra vida.

Futuro del trabajo: adiós a las antiguas credenciales

Imagen generada por IA por Greg Davis.

Este ha sido un año de muchas conversaciones en torno a la Inteligencia Artificial (IA), no libres de fatalistas predicciones relativas al futuro que se nos avecina, ya casi a la vuelta de la esquina. El hecho de que la IA generativa pueda alcanzar capacidades superiores a la inteligencia humana está comenzando a inquietar a muchos, con justa razón. Sólo la falta de conciencia y de objetivos no controlados es lo que evita que la IA se apodere de nuestras vidas, tome el control, y nos relegue a la segunda posición como los «seres» más inteligentes del planeta. Es lo que he leído y escuchado de los más pesimistas, y sí, suena aterrador.

Sin embargo, la preocupación más habitual que escucho es respecto del futuro del trabajo y sobre quiénes se verán perjudicados en el corto plazo por esta transformación histórica, en donde los llamados knowledge workers—profesionales cuyo trabajo está asociado principalmente a información y conocimiento—se encuentran en el epicentro.

Estudios del MIT y Stanford sugieren que los profesionales más beneficiados serán aquellos que logren convertirse en «aumentadores de IA», es decir, personas capaces de aprovechar estas herramientas para potenciar su productividad y creatividad.   Entre ellos están los que trabajan en ciencia de datos, desarrollo de software y la analítica de negocios, entre otros, los que verán una demanda creciente de habilidades híbridas basadas en la comprensión técnica combinada con el pensamiento estratégico y no en un título profesional.

Aquellos que hasta ahora se consideraban «trabajos seguros», están en la cuerda floja y se ven como los grandes perdedores. Analistas financieros, abogados y un sinfín de roles y profesiones asociados a tareas rutinarias, repetitivas o fácilmente automatizables, muchas de ellos creativas y de nivel medio, ya enfrentan una automatización parcial o total. Tengo dos hijas estudiando medicina y ya les sugerí que no se especialicen en radiología, campo en donde la IA ya demostró mayores capacidades que los propios médicos gracias al entrenamiento previo de cientos de miles de imágenes y diagnósticos. Un informe de McKinsey titulado «Generative AI and the future of work in America» del año 2023, sugiere que hasta el 30% de las horas trabajadas en la economía de EE.UU. podrían ser automatizadas para el 2030.

Y es que una de las gracias de esta tecnología es que prácticamente no tiene costo marginal para resolver cosas simples versus cosas muy complejas. Si haces la prueba, verás que el tiempo de respuesta es el mismo independientemente de la pregunta, sin un costo incremental de complejidad, lo que nos lleva a pensar que efectivamente la productividad puede crecer al infinito gracias a la IA . Según McKinsey, los profesionales de STEM, áreas creativas, empresariales y legales podrían verse muy beneficiados con este aumento de capacidades y productividad, pero, en cambio, muchos otros empleos, que no requieren interacción humana compleja, análisis o decisiones estratégicas, como aquellos de apoyo administrativo, servicio al cliente y servicios de alimentos, seguirán disminuyendo.

Pero la realidad es un poco distinta y no tan apocalíptica, ya que depende más de nosotros que de la propia tecnología. No será la IA y las máquinas las que reemplacen los trabajos humanos, nuestro trabajo. Serán los propios humanos que usen la tecnología a su favor los que reemplazarán a aquellos que no la utilicen y no sean capaces de adaptarse. Por eso, se requiere proporcionar capacitación para mantener el ritmo de la evolución y serán las competencias y habilidades que adoptemos las que determinen la empleabilidad en vez de las antiguas credenciales académicas.

La pregunta correcta, más allá del hacer

En el mar de expectativas sociales que nos generan los estereotipos y la creciente necesidad de mostrarnos exitosos, donde los títulos y los logros parecen ser la brújula que guía nuestra existencia, surge una pregunta que tiene el poder de sacudir los cimientos de nuestra comprensión más superficial: ¿Quién quieres llegar a ser?

No parece ser casualidad que esta reflexión me llegue a través de las palabras de una joven, que pronunció hace un tiempo su discurso de graduación de un máster en Estados Unidos frente a cientos de familiares, amigos y compañeros. Mientras el mundo empuja con su típica interrogante pragmática —¿Qué vas a hacer?— ella nos invitaba con sus palabras a un viaje mucho más profundo. Con una mezcla de gratitud y reflexión, compartió que esa pregunta, aunque común y válida, no era la que más deseaba escuchar.

Vivimos en una sociedad obsesionada con el hacer, con los resultados, con las etiquetas que nos reducen a una función. Abogado, ingeniero, emprendedor… palabras que definen un rol, pero que jamás podrán capturar la complejidad de un alma en construcción. Nuestra verdadera riqueza no reside en lo que hacemos y producimos, sino en quienes nos atrevemos a ser.

Hay una frase que resuena como un eco en mi memoria y, aunque no recuerdo quien la dijo, su significado sigue siendo un faro en mi reflexión sobre la importancia del autoconocimiento; «Quien no paga el precio de conocer sus sombras, no disfrutará la prosperidad de su luz». Estas palabras nos recuerdan que el verdadero crecimiento no es un camino de rosas, sino un sendero que atraviesa terrenos incómodos y dolorosos de nosotros mismos. Mirar nuestras sombras no es un acto de autoflagelación, sino de valentía. Es reconocer que nuestros miedos, inseguridades y heridas son también mapas que nos guían hacia nuestra transformación. Cada patrón inconsciente, cada reacción automática, es una invitación a comprendernos más profundamente y a leer el por qué de cada pensamiento, sentimiento o acción.

El liderazgo del siglo XXI no se mide por títulos o números, sino por la capacidad de conexión interna. De hecho, cada vez importan menos los pergaminos que creíamos nos definían como personas y profesionales. Las mal llamadas habilidades blandas, o mejor dicho, habilidades esenciales, son las que marcarán el camino del líder. Son ellas las que no se aprenden en la universidad ni se entregan en título. Ese líder es aquel que ha hecho las paces con su propia humanidad, que entiende que inspirar no es dar órdenes, sino movilizar a través de la creación de espacios donde cada ser pueda florecer en su máximo potencial.

Entonces, dejemos de preguntarnos obsesivamente qué haremos con lo que sabemos y dediquemos ese mismo tiempo en explorar quiénes queremos ser. Porque al final, la vida no es una lista de logros, sino una obra de arte en constante creación.

La invitación está en la mesa: mírate más allá de tus funciones. Explora tus capas. Reconoce tus emociones. Atrévete a ser más que un título, más que una profesión. Sé un proceso, sé un viaje, sé una constante evolución. Es la invitación que te hago en mi últmo libro, , a través de un viaje de entrenamiento mental.

¿Estás listo para ese viaje?

Cría cuervos y te sacarán los ojos

A veces la vida nos sorprende con encuentros inesperados, como el que viví hace unos días. Una persona que no conocía me propuso almorzar juntos. Sin tener claro el propósito exacto de la reunión, acepté. Me entusiasma la idea de conocer gente nueva y contribuir, en la medida de lo posible, a su desarrollo.

Durante el almuerzo, mi interlocutor compartió una historia cargada de frustración y angustia. Había invertido como ángel en un emprendimiento por primera vez, confiando plenamente en el socio que ahora lo había traicionado, o al menos, así lo sentía él. «Como ahora ya no me necesita, me dio la espalda y soy el malo de la película», me dijo, expresando el dolor que le causaba la experiencia.

Escuché atentamente y, poniéndome el sombrero de coach, decidí no ofrecerle consejos rápidos. En lugar de eso, le hice preguntas para comprender mejor sus emociones. Así, la conversación nos llevó a explorar las expectativas que se había formado sobre la relación con el emprendedor y cómo esas expectativas se habían roto a medida que la empresa crecía. La sensación de haber sido dejado de lado, de haber perdido relevancia en el proceso de toma de decisiones, era lógica, pero también más compleja.

Y es que, cuando construimos imágenes idealizadas sobre las personas con las que trabajamos, proyectando en ellas nuestros valores y maneras de ver el mundo, corremos el riesgo de vivir profundas desilusiones. En el ámbito de los emprendimientos, estas situaciones no son raras. He visto una y otra vez cómo inversionistas ángeles que, en un momento crítico fueron el salvavidas de una startup, terminan siendo percibidos como villanos ante el primer conflicto o desacuerdo. Los fundadores, impulsados por el éxito y el crecimiento, a veces olvidan que el apoyo inicial fue clave y han llegado a reprocharle a su inversor que «entró barato» o «ha multiplicado muchas veces su inversión». Peor aún, he presenciado casos en los que los minoritarios han sufrido maniobras desleales, actos de injusticia que han impactado en su patrimonio de manera directa, erosionando la confianza de por vida.

Pero más allá de señalar culpables, creo firmemente en la necesidad de comprender las reglas del juego desde el comienzo. No existen los buenos y los malos en estas relaciones. Al entrar en una relación de inversión, es crucial tener claro cuáles son las tesis de inversión, cómo se tomarán las decisiones importantes y cuáles serán las estructuras de gobernanza que garantizarán el equilibrio y la transparencia. Confiar solo en la “buena onda” o la amistad forjada, es un camino riesgoso. Un marco legal sólido es indispensable.

La realidad es que el crecimiento de una empresa trae consigo nuevas exigencias, y a veces implica cambios en el liderazgo que pueden ser dolorosos para los fundadores. Solo un sistema de gobierno efectivo permitirá que esas transiciones se manejen con el respeto y la serenidad necesarios. Informarse y actuar profesionalmente, desde ambos lados de la mesa, puede prevenir conflictos que, de otra manera, terminan lastimando las relaciones y socavando las oportunidades de éxito.

Este es un llamado a la reflexión. No podemos olvidar el papel que juega un mentor o un inversionista en los primeros años de una empresa, ni menos podemos aprovechar nuestro poder para usarlo en su contra cuando las circunstancias cambian. El éxito de cualquier emprendimiento está basado en la colaboración, la reputación y la gratitud. Porque crecer, sin perder de vista el respeto hacia quienes nos ayudaron a dar los primeros pasos, es la verdadera medida del éxito.

Estado de ánimo y experiencia humana

Los estados de ánimo y las emociones son aspectos fundamentales en el ser humano, que influyen directamente en nuestras capacidades y productividad.

Existen varios estudios, como uno publicado en Nature Reviews Neuroscience, que demuestran que cuando nos sometemos a episodios sostenidos de ansiedad o stress, el hipocampo, que es crucial para el aprendizaje y la memoria, se ve impactado, pudiendo incluso reducir su volumen y afectar de manera permanente la memoria a largo plazo.

Hace solo un par de días se cumplió un año de cautiverio de 101 jóvenes, niños, mujeres y ancianos que aún permanecen secuestrados por el grupo terrorista Hamás en Gaza. Y hace menos de una semana presenciamos el mayor ataque con misiles balísticos realizado en la historia, cometido por Irán en contra de Israel. Quienes hemos estado más cerca de la guerra, ya sea por tener amigos y familiares involucrados o por afinidad política o religiosa, hemos visto afectada nuestra vida de manera importante: ansiedad, dificultad para conciliar el sueño, para tomar decisiones o para resolver problemas son solo algunos ejemplos.

Pero lo que más lamento es ver cómo ciertos grupos y dirigentes importan un conflicto que afecta aún más nuestra convivencia como ciudadanos chilenos. Amo este país y he trabajado para ser un aporte al emprendimiento, a la innovación y al crecimiento de Chile, como muchos descendientes de inmigrantes que han llegado a estas tierras buscando asilo y un futuro esperanzador. Me resulta incomprensible ver cómo nuestros gobernantes toman partido en este conflicto, sin considerar el impacto que esto tiene en la vida de los judíos chilenos, promoviendo un aumento considerable en el antisemitismo local.

En un país con tantos desafíos que enfrentar, como la seguridad, la educación, la inmigración y el crecimiento económico, la invitación es a trabajar todos juntos para ayudar a mitigar los efectos que factores externos puedan tener en nuestra sociedad, la que al fragmentarse o dividirse, con mensajes de odio de por medio, inhiben el desarrollo social. Este desarrollo constituye un factor clave en la recuperación emocional de las personas, tal como lo explica muy bien Shawn Archor en su libro «The Happiness Advantage». Nuestros líderes son los llamados a dar ese paso y a dejar de lado los fanatismos e ideologías extremas, para promover el bienestar de todos quienes vivimos en este país, sin importar su origen, credo, raza o identidad de género.

Empresas biónicas: la fusión entre lo humano y lo digital

¿Te imaginas un espacio de trabajo donde la tecnología y la inteligencia humana se fusionen en una sinergia perfecta? No es ciencia ficción. Es el próximo paso en la evolución del trabajo.

En los últimos meses he visto un creciente interés de los líderes empresariales y los ejecutivos en entender cómo se reconfigurará el futuro laboral con la adopción de las tecnologías avanzadas, específicamente la Inteligencia Artificial (IA). La combinación de capacidades humanas con este tipo de tecnologías sin duda va a revolucionar el panorama empresarial y del trabajo. De hecho, ya lo está haciendo, pero pocos tienen claro el real impacto que tendrá en nuestras vidas según evolucionen las empresas.

En este contexto, un concepto que he escuchado ya varias veces, el de las empresas biónicas, surge como un enfoque innovador que busca integrar de manera efectiva lo humano y lo digital para impulsar la productividad, la creatividad y la competitividad en las organizaciones. Se trata de impulsar el aprendizaje exponencial para tomar decisiones ágiles, pero de calidad.

Y no se trata de inventar el hilo negro en el futuro del trabajo, sino de que sean las mismas empresas en las que hoy trabajamos las que usen estas tecnologías para gestionar sus activos, tanto los físicos como el conocimiento que tienen de sus empleados, además del que naturalmente generan. En este nuevo contexto todos los procesos cambiarán, creando una cultura empresarial más moderna y adecuada para el nuevo escenario del mundo laboral con IA. No estarán ajenos los conceptos asociados a la privacidad y el, cada vez más exigido, equilibrio entre lo personal y lo laboral.

Pero este enfoque no sólo implica la adopción de tecnologías de punta, sino que también la redefinición de roles, la promoción de entornos de trabajo colaborativos y la inversión en el desarrollo de habilidades relevantes para el futuro. Uno de los mayores retos será justamente el desarrollo de dos habilidades clave: la inteligencia emocional y la capacidad de trabajar en simbiosis con la IA.

No se trata solo de la implementación de nuevas herramientas digitales o de generar automatizaciones al interior de las empresas, como muchas ya lo están haciendo. Me refiero más bien a la integración de estas innovaciones con el potencial creativo y estratégico de los equipos y las personas en las organizaciones. Se trata de fusionar las nuevas capacidades con la intuición, el juicio humano y el entendimiento del contexto en entornos donde aún las máquinas no son capaces de sustituirnos. Se necesitarán nuevos líderes, con capacidad de movilización, que puedan llevar a estas personas a nuevos niveles de bienestar, con la tecnología como parte fundamental de la ecuación. El conocimiento en los datos y el uso de la tecnología como aliada permitirá gestionar y aprovechar mejor el talento y no poner en riesgo a la organización

En una charla que di hace algunas semanas, un ejecutivo presente me preguntó si creía que las máquinas iban a sustituir de manera importante el quehacer de los humanos y cuál creía yo era el mayor riesgo para las personas activas laboralmente hoy. Mi respuesta, sin ser futurólogo, fue simple. Expliqué que el mayor riesgo está en las personas que no se preocupan o no sean capaces de subirse a la ola, de capacitarse y aprovechar las nuevas tecnologías en su favor para potenciar sus capacidades usando IA. Estas personas sí serán reemplazadas, dije. Los demás, los que estén en condiciones de establecer puentes de colaboración estrechos entre humanos y máquinas, serán los triunfadores. Estamos aún a tiempo para planificar y proyectar la fuerza laboral humana y digital a través de las nuevas habilidades requeridas o «power skills».

De la misma forma como un surfista estudia las olas antes de decidir sobre cuál montarse, existirán personas a las que la ola les explotará encima, otros que la surfearán con éxito y un porcentaje no menor que se preguntará ¿cuál ola?

Ser o no Ser: esa es la cuestión

La semana pasada me aventuré a vivir una experiencia novedosa. Podría catalogarla de atrevida, desafiante e intrigante, además de inmersiva y tecnológica. La publicidad decía que debía ir sin más expectativas que ser yo mismo y actuar en consecuencia, sin presiones, exigencia que parecía muy obvia y fácil de lograr.

¿Por qué alguien debería pedirte que seas tú mismo y para ello te obligue a vestir un traje blanco y una máscara? Parece contradictorio. ¿Qué otra cosa podría ser yo, si no yo mismo?

El comportamiento humano varía notablemente cuando somos observados y juzgados en comparación con cuando actuamos desde el anonimato. Las redes sociales son un ejemplo de ello, especialmente aquellas en las que utilizamos un pseudónimo que esconde nuestra identidad. De esto mismo se trató Real Self, una experiencia humana en donde los asistentes tienen la oportunidad de mostrarse tal cual son, sin juicios sociales, «protegidos» con un traje blanco y máscara, mientras son invitados a reflexionar e interactuar en situaciones diversas. La hora y media que duró la experiencia fue un espacio para vivir la autenticidad plena, un momento de liberación y autoconocimiento, difíciles de replicar en un entorno no controlado. Podría decir que fue una mágica y valiosa experiencia.

Aunque los jóvenes son más auténticos que las generaciones que los preceden, se han hecho algunos intentos sociales por estimular esa condición y evitar que busquen la aprobación instantánea detrás de filtros y a través de la exposición de sus momentos de alegría. Uno de ellos fue la red social BeReal, que tuvo su peak hace un par de años, pero que hoy parece estar en baja. Fomentar la autenticidad, como lo hacía esta App, invitando a compartir fotos espontáneas, sin retoque y en cualquier momento del día, parece que no es algo que entusiasme demasiado. Al parecer no estamos dispuestos a perder la posibilidad de editar y controlar nuestra imagen social.

Mi observación es que existe una dicotomía entre el «yo observado» y el «yo anónimo», la que tiene fuertes implicancias para la sociedad. La aceptación social promueve la cohesión, pero limita la autenticidad. Por el contrario, el exceso de anonimato, si bien promueve una mayor autenticidad, puede dar lugar a comportamientos irresponsables u hostiles, como se observa en mayor medida con la red social X, donde es reconocido un alto nivel de agresividad y acoso entre los participantes.

No parece ser casualidad que, estando en Edimburgo mientras escribo estas líneas, me encuentro con Narie Foster, reconocida como una de las destacadas del Forbes 30 Under 30, presentando su debut en el Edinburgh Fringe, con una propuesta que desafía al público a descubrir su autenticidad en un mundo que muchas veces nos invita a ocultarnos para poder seguir viviendo.

Si bien las tasas de suicidio en el mundo han disminuido en los últimos años, la tendencia en los jóvenes es al alza y cobra cerca de 200 mil vidas al año, con el acoso como principal causa. El bulliyng ha obligado a estas personas a ponerse máscaras para evitar las agresiones por «ser como son». Muy conocido es el caso de 2012 de Amanda Michelle Todd, una joven canadiense de 16 años, quien subió a YouTube un video de nueve minutos de duración titulado: My Story: Struggling, bullying, suicide and self-harm (Agobio, acoso, suicidio y autolesiones) en el que, mediante mensajes escritos en tarjetas, explicaba sus experiencias. Un mes después la joven se suicidó.

Es urgente que desarrollemos programas educativos y sociales que comprometan la promoción de la salud mental en la sociedad y encontremos un sano equilibrio entre estos dos mundos que parecen contrapuestos. Permitir que los jóvenes se muestren tal cual son, con sus virtudes y defectos, con sus penas y alegrías, los hará más cercanos, humanos y empáticos. Se trata de un dilema de comportamiento humano que requiere una aproximación sistémica y multifacética, que combine esfuerzos sociales y tecnológicos, para educar sobre el uso responsable de la tecnología y el valor de la empatía.

En un mundo dominado por la recompensa inmediata, es labor de todos nosotros, como padres, educadores y líderes, ayudar a potenciar esta conducta en los demás y en lo más jóvenes, ofreciéndoles espacios que faciliten la autenticidad sin reproches, sin perder la responsabilidad social y reconociendo la necesidad natural de aceptación. Y tu ¿te atreves a sacarte la máscara?

El derecho individual y la IA

El otro día conversaba con Dani, una amiga que alegremente me contaba cómo había ahorrado mucho dinero en los últimos meses gracias a la tecnología. Como alguien apasionado de la computación, no pude resistir la tentación de preguntarle qué había hecho para lograr semejante proeza. «Nada», respondió con una risa. «¡Eso no puede ser!», exclamé, intrigado. Pero ¿cómo nada?, algo debiste haber hecho, le repliqué.

Fue ahí cuando comenzó a contarme de varias situaciones en donde distintas empresas y marcas le habían hecho llegar ofertas irresistibles y personalizadas para productos y servicios que casualmente necesitaba. Estaba fascinada.

Siempre he sido una fanático de Apple. Se que es una empresa que genera amor y odio, por razones que no es oportuno discutir en esta columna. Hace pocas semanas, la compañía recuperó el trono como la empresa más valiosa del mundo, superando a Microsoft, alcanzando un nuevo récord de cotización de su acción. Todo gracias a la alianza con OpenaAI, la empresa detrás de ChatGPT y de las maravillas que hemos conocido de la inteligencia artificial. Pero ese puesto le duró poco a Apple.

Nvidia, la empresa detrás de los procesadores de IA, recientemente y por primera vez, logró por algunos días convertirse en la empresa más valiosa del mundo, superando a dos grandes, Microsoft y Apple. Hoy las tres disputan el trono. Lo que está sucediendo con la IA no ha dejado a nadie indiferente, ni siquiera a Dani, pero el mercado, que no sabe mucho de tecnología, lo ha internalizado rápido en la valorización de la empresa.

De lo que mi amiga probablemente no está consciente, es cuál es el costo que está pagando para poder ahorrar dinero con ofertas personalizadas, ubicuas y oportunas. Ella me contaba que siempre autorizaba el tratamiento de datos personales haciendo click en el formulario.

Es primordial que las empresas, desde una perspectiva ética y legal, no descansen en el consentimiento que ya todos otorgamos, casi en modo automático, confiando en el responsable tratamiento de los datos personales por parte de quien los solicita. Deben ser los guardianes absolutos de esa información.

Pero el problema no se limita al tratamiento de datos personales. El problema puede darse sin siquiera entregar información a un tercero. Conocido es el caso de la actriz Scarlett Johansson, quien amenazó a OpenAI por el uso no autorizado de «su voz» en ChatGPT . La legislación será cada vez más dura para quienes infrinjan leyes y ya en Europa estamos viendo los primeros resultados sobre la materia, con leyes que obligan a las empresas de software e Inteligencia Artificial a hacerse cargo, mucho más allá de los estándares mínimos a los que hemos estado acostumbrados hasta ahora.

Elon Musk ha sido uno de los que ha levantado la voz, criticando el acuerdo de Apple, y fue enfático en decir que «si Apple integra OpenaAI en sus sistemas operativos, se trataría de una violación de la seguridad inaceptable (…)».

Aunque Musk pueda tener sus propias rencillas con la empresa de Altman, no deja de tener un punto, al asegurar que cuando entregamos nuestros datos, se torna prácticamente imposible su trazabilidad y entender lo que sucede en manos de terceros, especialmente cuando se trata de cajas negras de IA. Es por ello que debemos ser muy responsables, como personas y empresas, a la hora de gestionar información en la creciente búsqueda por resultados de corto plazo y no permitir que esta tecnología, que nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida y productividad, sea utilizada de una manera reñida con los derechos individuales y los principios éticos que rigen a la gran mayoría de nosotros como sociedad.

Decidí no odiar

A raíz de que me encuentro escribiendo mi próximo libro, que trata sobre liderazgo, fortaleza y entrenamiento mental, busqué sumergirme en historias de vida, personales y de terceros, que pudieran representar y graficar de manera poderosa las ideas que quería transmitir en cada uno de sus capítulos. Siempre es bueno ilustrar lo que se quiere decir en conexión con la emoción del lector. Cuando llegué al tema del perdón, si bien no sabía mucho de un tal Armando Valladares, poeta, escritor, pintor y preso político durante 22 años en Cuba, decidí adentrarme en su historia. Él había sido encarcelado, sin juicio de por medio, por negarse a poner un cartel en su oficina que decía «Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista, que yo estoy con él».

Cuando un periodista le preguntó cómo hizo para sobrevivir a esos años de encierro y tortura, su respuesta fue simple «Decidí no odiar a Fidel Castro», dijo.

Entender a Valladares y su decisión de permanecer en la cárcel, en vez de cambiar sus valores y su conducta puede parecer difícil. Sin embargo, cuando decidimos dejar de tener odio o rencor y optamos por perdonar, estamos en realidad ejecutando un acto de liberación y bondad hacia nosotros mismos. Nos liberamos nosotros de ese sufrimiento y carga emocional negativa que nos limita alcanzar otros estados superiores de bienestar y paz interior. Sin ello, es muy difícil que podamos dominar nuestra mente.

Al hablar de fortaleza mental, inmediatamente se me viene a la mente el nombre de Victor Frankl, sobreviviente judío del holocausto, quien eligió perdonar a sus captores de la prisión Nazi de Auschwitz y logró encontrar una profunda verdad sobre el poder del perdón y la elección de encontrar significado a las cosas, aún en medio del horror.

En época de guerras, de confrontaciones, de idealismos y fanatismos, quiero invitar a los lectores a reflexionar y contribuir a generar espacios de diálogo, que permitan entender la perspectiva del otro, sin juicios y con respeto hacia quien piensa distinto. No se trata de justificarlo, sino más bien de encontrar los caminos para comprender al otro y así establecer un puente de diálogo que permita la coexistencia. No podemos importar conflictos que no nos pertenecen, generando odio, miedo y discriminación hacia las personas por su religión, cultura o etnia. El perdón y el entendimiento son pilares fundamentales para construir una sociedad más justa y pacífica, sin odio.

En las últimas semanas y meses hemos sido testigo de agresiones de diversa índole hacia personas en todo el mundo, incluídas muestras de antisemitismo en las más prestigiosas universidades del mundo. Eso no es lo que queremos construir como sociedad y menos desde nuestras universiddes y casas de estudios donde, según palabras de Carlos Peña, «quien se incorpora a la universidad adquiere el compromiso de que sus intereses, puntos de vista, pertenencias y lealtades se subordinen a los deberes que impone la racionalidad». Es en ese espacio en donde el librepensamiento y la tolerancia deben verse mejor representados con un camino de diálogo y contrastando ideas, no atacando personas.

La invitación es clara: elijamos el camino del diálogo, la comprensión y la empatía siempre. La defensa de unos no se puede convertir en el odio a los otros.

Una generación ansiosa

La depresión severa en niños y niñas adolescentes presentó un aumento de 161% y 145% respectivamente entre los años 2010 y 2020. Son datos que corresponden a un estudio de Jonathan David Haidt, psicólogo social estadounidense, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, que fue publicado recientemente en un libro bajo el nombre «La generación ansiosa». En el documento describe, a través de datos precisos y gráficos, cómo se está llevando a cabo una reconfiguración de la mente de los jóvenes con el uso de tecnología y el consumo indiscriminado de redes sociales. Lo anterior estaría generando una epidemia de enfermedades mentales y crisis de ansiedad, según el referido estudio, el que toma muestras de distintos países, incluyendo Estados Unidos, Canadá, Suecia y UK, entre otros.

Lo que considero más alarmante es el incremento de un 188% en casos de asistencia a centros médicos por autolesiones, lo que se condice con el aumento en la tasa de suicidios en adolescentes de ambos géneros.

La exposición a la tecnología está redefiniendo la forma en que el cerebro procesa información y responde a los estímulos. La constante exposición a redes sociales y juegos en línea está llevando a un «recableado» de los circuitos cerebrales dominados cada vez más por recompensas de corto plazo, con profundas consecuencias en el desarrollo cognitivo, emocional y social de los jóvenes, lo que merece una atención cuidadosa y crítica por parte de la sociedad.

Los jóvenes han reducido el nivel de encuentros diarios con amigos fuera del colegio, lo que ha provocado mayor sensación de soledad y falta de significado en sus vidas. Según el mismo estudio, el futuro no es visto como prometedor por más del 10% de los jóvenes y cerca de un tercio de ellos dice sentirse solo o sola frecuentemente.

Otros autores han expuesto sobre el impacto de la tecnología en los más jóvenes, como recientemente lo hizo el científico francés Michel Desmurget, quien afirma en su libro «Más Libros y Menos Pantallas» que estamos frente a un desastre sanitario. Dice que dejar que un niño de dos o tres años se atiborre de pantallas es una forma de abuso, y el Estado debe actuar. Lo mismo ha sido estudiado en universidades, como Harvard, donde los investigadores han encontrado cambios relevantes en la estructura y función del cerebro, especialmente en regiones relacionadas con la recompensa y la toma de decisiones. La literatura es amplia en este ámbito.

Mientras la tecnología puede generar muchos beneficios y herramientas para administrar la ansiedad, es importante encontrar el balance preciso que funcione para cada individuo y pueda ayudar a mejorar la salud mental. Las comparaciones permanentes con otros, en sus versiones perfectas, nos pueden llevar a una empobrecida imagen de nosotros mismos y a las alteraciones y enfermedades antes mencionadas. Es por eso que alejarse un poco de las pantallas y dar un respiro a la infoxicación seguro será muy beneficioso.

De lo anterior nacen muchas preguntas y preocupaciones. ¿Cómo podríamos hacernos cargo, en nuestro papel de adultos, de gobierno y de sociedad para velar por políticas y regulaciones que protejan a los niños y jóvenes contra los riesgos asociados con el uso excesivo de tecnología? El Académico UC y Director de EducomLab, Daniel Halpern, concuerda con Haidt y plantea la relevancia de 4 acciones inmediatas:
1) Retrasar la entrega de smartphones hasta primero medio.
2) Regular el uso de redes sociales con filtros parentales para evitar que los jóvenes se expongan en el periodo más vulnerable de su desarrollo cerebral.
3) Reducir el mundo digital en la realidad escolar, focalizando su atención offline.
4) Que jueguen más y ayudarlos a ser más independientes para un mejor desarrollo de habilidades sociales.

El desafío entonces será encontrar y disponer de alternativas saludables y gratificantes que actúen en reemplazo de la excesiva exposición a la tecnología y que pueden ofrecerse como complemento para el desarrollo cognitivo y emocional de los más jóvenes. Según el científico francés, el único antídoto es la lectura. Nosotros como padres tenemos la responsabilidad de actuar ahora.