Ya no tengo esperanzas

Un padre de familia le pedía ayuda a Dios de la siguiente manera: «Señor, sabes que estamos necesitados y pasamos penurias. Por favor, haz que me gane la lotería». Pero eso no sucedía, a pesar de lo cual el hombre no dejaba de implorar una y otra vez el ansiado premio. Hasta que un día, en medio de su plegaria, oyó una voz profunda que le dijo: «Por favor, compra algún número de lotería».

Nos gusta vivir esperanzados. Es nuestro combustible que nos dota de sentido a nuestras vidas y, de esta forma, lo bueno que nos sucede adquiere mayor relevancia y lo disfrutamos más. Brené Brown, destacada académica estadounidense, escritora de varios best sellers, dice que «necesitamos esperanza como necesitamos el aire». Pero ojo, si no ponemos de nuestra parte, como en el ejemplo de la lotería, nada sucederá.

La esperanza es una de las cosas que más moviliza a las personas y es un agente de cambio en nuestras vidas. Es un sentimiento presente direccionado hacia un resultado futuro. Esperar que te vaya mejor en la vida, en tu matrimonio, en tu nuevo emprendimiento e incluso ganarse la lotería, son cosas naturales que todos hemos vivido; parece ser lo razonable para darnos fuerza y motivación para avanzar. Podríamos decir que la esperanza es la expectativa que se tiene respecto de los resultados de algún suceso o una actividad que se emprende.

Pero sentarse a esperar que las cosas cambien por sí mismas es peligroso, porque el poder se entrega a lo externo, normalmente a otro. Pareciera ser que la esperanza nos pone del lado del espectador y, en determinadas ocasiones, se relaciona con un intento de superar el miedo.

Pero, ¿qué pasa cuando nos despojamos de toda esperanza?

Ocurre lo contrario. La esperanza viene de la idea de esperar algo, en vez de entrar en acción para hacer que las cosas cambien. El abandonar toda esperanza es renunciar a las expectativas y deseos egoístas que, al fin y al cabo, causan sufrimiento y resentimiento con el otro porque no hizo lo que yo esperaba. En este sentido, la esperanza mal orientada refuerza la falsa creencia de que la vida no es justa, apuntando a algo externo para la resolución de todos tus males.

Si nunca pedí algo, ¿qué me da derecho a esperar ese algo del otro? Las expectativas, la mayoría de las veces, son cosas no dichas, lo que nos lleva al plano de una mala o nula comunicación. Ahí nacen, cuando la expectativa difiere de la realidad, la rabia y el resentimiento, fuentes de emociones restrictivas que llevan a la necesidad de protegernos y en algunos casos incluso al deseo de venganza.

Pero la esperanza no es el problema. De hecho, es fundamental en nuestras vidas ya que es un estado de ánimo que nos moviliza a la acción, a ser protagonistas de nuestro destino. El problema es el apego emocional a ella. Ten esperanza, pero actúa en consecuencia de tus expectativas para que las cosas pasen.

En las culturas guerreras, como la de los samuráis por ejemplo, el código de bushido indicaba que una virtud para mantener la serenidad en todo momento era no tener miedo ni esperanza: «Una vez el guerrero está preparado para el hecho de morir, vive su vida sin la preocupación de morir, y escoge sus acciones basado en un principio, no en el miedo».

¡Quien nada espera, nada teme!

Baja los flaps

¿Te has preguntado alguna vez para qué sirve cada una de las partes del ala de un avión? ¿Has escuchado alguna vez la expresión «baja los flaps» ? No se si te lo han dicho directamente a ti, pero estoy seguro que debes haberla escuchado decir alguna vez.

Los flaps son unas superficies móviles que se encuentran en las alas de los aviones y permiten, al extenderlas, que éste vuele más lento, sin perder la sustentación. Se utilizan siempre cuando el avión se encuentra más cerca del suelo, aportando mayor seguridad al vuelo.

Escuché esa frase varias veces mientras realizaba el curso de piloto de planeadores. Pero posteriormente, cada vez que escuché a alguien decírmelo, ya no era por el mismo motivo y pensaba que a lo mejor era una metáfora porque me veían estresado o estaba evidenciando mi ansiedad, por llevar una vida muy acelerada. El llamado que al parecer me hacían era a bajar revoluciones, a andar más lento por la vida, pero yo nunca hice caso.

Sentía que debía estar en control de mi futuro y eso sólo lo podía lograr estando en todo, preocupado de los detalles. En el mundo empresarial, eso se denomina micromanagement, y es una de las acciones más dañinas que un gerente puede realizar al mando de una empresa. Ese control no era otra cosa que la expresión de la obsesión por alcanzar objetivos y metas, generalmente impuestas por la sociedad y el mundo exterior. Pocas veces reflexionamos sobre nuestro propósito ni nos cuestionamos si nuestras acciones y relaciones están en concordancia con él, si sirven para alcanzarlo. Simplemente nos dejamos llevar por los controles sociales, que terminan determinando nuestra conducta.

Sin embargo, sólo cuando nos sentimos cerca del suelo, en una crisis, o en una situación de búsqueda y crecimiento personal, cuestionándonos el propósito y el significado de las cosas, es cuando nos damos el tiempo para reflexionar y conversar con nosotros mismos. El autoconocimiento exige tiempos para ti, en soledad, en calma. Exige que vayas más lento, en un viaje seguro, con los flaps abajo.

En el libro «Dejar ir» de David R. Hawkins, el autor dice que muchas personas, sobre todo en las grandes ciudades, aprenden a vivir con la adrenalina alta. La amenaza para la sobrevivencia es la que los mantiene en esos niveles, lo que lleva a la gente a deprimirse los fines de semana o durante las vacaciones, cuando la producción y el efecto anestésico del cortisol baja considerablemente. Se trata de gente adicta a la excitación y a la estimulación anormal, acostumbrada a la euforia inducida por los altos niveles de cortisol.

Estoy seguro que yo soy un poco así, por lo que he buscado fórmulas simples que me permitan bajar los flaps, pero de manera más permanente, lo que me ha ayudado mucho en los últimos años. Te dejo tres formas simples que he encontrado y he comenzado a practicar para avanzar en este camino:

Propósito: Enfocarte en hacer las cosas que contribuyen a tu propósito y dejar de perder el tiempo en aquellas que no aportan a nuestras vidas es el norte para guiar tus acciones.

Decir NO: Aprender a decir que no cuando sea necesario no es nada fácil. Hay que hacerlo de manera asertiva.

Gratitud: Practicar la gratitud es comenzar a enfocarnos en lo que tenemos en vez de en lo que nos falta, agradeciendo por ello diariamente. Esto nos dará una perspectiva positiva de la vida.

Este proceso, de vivir de una manera más consciente y significativa, disfrutando cada momento de la vida al máximo, nos permitirá encontrar mayor tranquilidad y felicidad. Muchas veces, cuando nos damos cuenta de ello, ya es demasiado tarde, por lo que el consejo es aprender a liberarnos de las distracciones externas y dejar que la vida fluya en nosotros, para así encontrar en ella el verdadero placer de hacer lo que nos apasiona. ¡Baja los flaps!

¿A qué venimos?

La primera vez que escuché el término japonés kaizen fue en la universidad, hace ya algunas décadas. Al descomponer la palabra en dos, nos encontramos con los términos kai, que podría traducirse como “cambio” en japonés y zen, que significabueno”. El caso de Toyota era el mejor ejemplo académico de su aplicación al mundo industrial en esa época, lo que le ha permitido por décadas, a este gigante del mundo automotriz, la mejora continua, siempre bajo el lema ¡Hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy!”

Una de las gracias que tiene esta metodología, es que las mejoras se realizan a través de pequeños cambios en distintos ámbitos, en general simples y concretos, que permiten avanzar hacia el objetivo buscado. ¿Podría este mismo concepto aplicarse a nuestro ser, a nuestra evolución de consciencia, a nuestro proceso de búsqueda interior?

El objetivo que perseguimos en nuestra vida es individual y, por ende, no tiene por qué ser el mismo para todos, aunque al parecer existe un consenso filosófico o religioso sobre el propósito de la vida, en el cual deberíamos intentar siempre mejorarnos y evolucionar como personas. ¿Te has preguntado alguna vez a qué venimos los seres humanos al mundo? Hoy se habla mucho de propósito personal y algunos incluso han llegado a agregar un nuevo término a la escala de motivaciones de Maslow para darle un lugar e importancia más relevante. En efecto, según ellos, la autorrealización ya no sería suficiente. Hay que ir por más, por la trascendencia.

Últimamente he conocido mucha gente que está en la misma, en esa búsqueda que le permita alcanzar mayores niveles de consciencia y aportar al mundo con su grano de arena para dejarlo mejor de lo que lo recibió. Pareciera ser que cuando uno pone la atención en algo, esa energía se canaliza para que las cosas pasen. Todos ellos dejaron de buscar afuera y comenzaron a poner la energía y mirar hacia adentro.

Hace poco leí el extraordinario libro «El hombre que vendió su Ferrari», de Robin Sharma. Lo tenía pendiente desde hacía ya un par de años. Lo recomiendo a ojos cerrados, a todo el mundo. Las enseñanzas de Julián, el abogado que después de alcanzar riqueza y fama, tuvo lo que él mismo llamó su «despertar» y se volcó a encontrar su razón de existir, nos dice que una de las cosas que debemos hacer para esta mejora continua es comenzar, de a poco, a eliminar nuestros pensamientos negativos. El kaizen se basa en la idea de que siempre es posible mejorar, todo el tiempo, desde  una perspectiva positiva de la vida.

Julián nos dice en el libro que nuestra mente es como un jardín, el que debemos cultivar a diario para que florezca, eliminando de él las preocupaciones y los pensamientos tóxicos, para permitir que florezca. Pero también nos advierte que esta mejora debe partir siempre desde dentro, de uno mismo, por lo que el autoconocimiento, el aprendizaje continuo y el autoliderazgo son básicos para lograrlo.

Increíblemente, uno de los aspectos que más me ha llamado la atención en todas estas personas que he conocido, es que en esa búsqueda interior dejaron de darle la relevancia predominante al dinero, al aparente “éxito”, a la fama o a las cosas materiales. En reemplazo,  el tiempo tomó su lugar y comenzó a jugar un rol fundamental. La buena gestión de este recurso, el único realmente escaso e irremplazable, es la verdadera conquista que tiene a su alcance el ser humano. Alcanza la riqueza máxima quien es libre para gestionar adecuadamente y de manera productiva su tiempo. En 1957, Cyril Parkinson formuló tres leyes, que trascendieron el ámbito social y productivo en el que habían sido concebidas, para alcanzar el ámbito de la vida cotidiana y del crecimiento personal.

  1. Sobre el tiempo: “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización.”
  2. Sobre el dinero: ¨Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos.”
  3. Sobre la priorización (Ley de la Trivialidad): “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia.”

Aplicando estas tres leyes, podríamos gestionar nuestro tiempo de una manera más coherente para alcanzar nuestro propósito. Analógicamente, con el dinero ocurre algo similar y sin importar cuánto dinero ganemos, intentaremos cubrir ese monto con gastos. Pareciera ser que lo que planteó Adam Smith en 1776, de que «No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados«, es algo que podemos cambiar.

Aunque es cierto que los hallazgos empíricos concuerdan en que la gente más rica tiende a ser más feliz que la gente más pobre, los índices de felicidad han permanecido estables en el tiempo a pesar de los sorprendentes aumentos de la renta real de las personas. Aún así, la gente sigue hipotecando tiempo en favor de un futuro mejor, basado en lo material. Lo importante es no perder de vista el camino, aprovechar el hoy y dar siempre pequeños pasos que nos permitan avanzar equilibradamente y en paz hacia ese futuro que anhelamos, pero que nunca llega.

¿Cuántas veces estamos concentrados en el futuro y no aprovechamos los buenos momentos del presente? ¡La vida está sucediendo ahora!

¿Le crees al futuro?

Hace algunos días leí una entrevista que le hicieron recientemente al CEO de Apple, Tim Cook. También hace muy poco participé de dos eventos presenciales importantes, en Chile y Portugal. En ambos, uno de los principales temas que la mayoría de los expositores trataron fue el metaverso, mirado desde todos los ángulos. Sin embargo, en la entrevista a Cook, el había sido enfático en decir que «la próxima revolución de internet no sería el Metaverso«, como gran parte de la población informada cree.

Si le preguntamos a la gente qué es el metaverso, la mayoría podría dar una descripción general y acertada de lo que suponemos podría desarrollarse en los próximos 5 a 10 años en torno a este concepto: un mundo virtual donde la gente puede interactuar, jugar y comprar. Pero según Cook, lo que hoy entendemos de esto no permite garantizar la adopción masiva que presupone para el futuro inmediato y, por ser tan novedoso y «loco» a la vez, nos genera emociones que nos hacen sentir amenazados.

Para que algo sea adoptado con velocidad, debemos asegurarnos que encuentre un equilibrio aceptable entre lo extraño que pueda resultar y lo que consideramos aceptable para nosotros. Somos seres sociales, que necesitamos conectarnos y relacionarnos con otros, ser aceptados por nuestros pares, por lo que nuestro comportamiento está social y emocionalmente condicionado para ello, pero los avatares y los mundos virtuales no incorporan emocionalidad ni intenciones y son aún fríos. Necesitaremos una nueva forma de conectarnos. Hacer amigos en el metaverso es complejo, trabajoso y extraño, dice Cook.

Otro tema tiene relación con la identidad de nuestro ser, esa que traemos con nosotros y se alimenta de nuestra historia, por lo que varía poco en el tiempo. Es cierto que nuestra identidad real desaparecerá en el metaverso. O, mejor dicho, deberá ser reconstruida para relacionarnos con otros y con las marcas a través de los avatares, estos elementos que definirán nuestra representación e identidad en el mundo virtual. Ésta también deberá reconstruirse desde cero para enfrentar un nuevo tipo de relación, con reglas de interacción propias e individuales. Nace el concepto de Digital Persona, un cliente digital que se transformará en quién quiere ser y no en quién es, según la ocasión, siguiendo sus fantasías, deseos o el llamado «MetaEgo» que haya creado para definirse, un desafío no trivial para intentar comprender los gustos de los individuos virtuales. En términos prácticos, en el metaverso usaremos máscaras, tal cual se usaban en el teatro griego para identificar al personaje, proyectar su voz y resaltar sus emociones. Es paradójico que hablemos de «persona» y «máscara», dos términos que hoy son considerados opuestos. La máscara, así como el avatar, sirven para ocultar al personaje, para disfrazar la identidad.

Por ello, combinar elementos preexistentes con elementos virtuales, es decir, lo que hoy ya puede entregarnos la realidad aumentada (AR), podría ser la adopción más importante para los próximos años, tecnología que desataría la próxima revolución, antes que el metaverso. Al menos, esa es la apuesta del CEO de Apple. La gran diferencia, a mi juicio personal, es que esta tecnología, a diferencia de la realidad virtual a la que nos invitan con los metaversos, es un complemento a nuestra realidad, sin reemplazarla por completo ni aislarnos de ella, sin pretender disfrazar nuestra identidad y apariencia, pero perfeccionándola con mayor información y posibilidades de interacción para enriquecer nuestra experiencia en tiempo real.

Al dejar nuestro pasado y crearnos desde cero, perderíamos nuestra identidad narrativa y nuestro punto de apoyo para definir nuestros comportamientos, los que serían definidos en función de nuestros objetivos a lograr en el mundo virtual en cada momento y con cada interacción, sin que ello tenga mucha relación con quiénes realmente somos en nuestra vida real.

El tema parece aún confuso. No tengo dudas que en unos años más, no menos de diez, el metaverso será parte de nuestras vidas. Muchos están ya apostando por él y podemos ver cómo las marcas están tomando posiciones. Qué duda cabe. Mientras tanto, veremos acelerados desarrollos de tecnologías más cercanas a lo que nuestra mente es capaz de procesar y adoptar, hasta que la evolución nos permita dar ese gran salto esperado.

En la entrevista, Tim Cook termina con una frase y una pregunta que no me dejaron indiferente. «…seríamos víctimas de un extraño cóctel de crisis de identidad y fatiga de decisión. Y, realmente, ¿para qué?»

Por eso, si próximamente te encuentras hablando de metaversos, ya sabes lo que podrían llegar a ser, pero también tendrás claros los desafíos que implicará la real adopción masiva de esta tecnología. Mientras, seguiremos avanzando y evolucionando para que los humanos aceptemos y podamos adaptarnos a vivir con mundos paralelos, sin morir en el intento. ¿Será que tendremos que volver a la usanza del teatro griego, donde persona y máscara eran inseparables? Y tú ¿cuál crees que será la próxima revolución?

¿Sabes qué inspira tus ideas?

Casi todos los días me toca participar de alguna conversación en donde se habla de innovación, de creatividad y de ideas. Siempre llegamos al mismo punto, intentando entender el proceso creativo que lleva a las personas a innovar. Cuando me preguntan en qué momentos me vuelvo más creativo o se me ocurren «cosas», siempre respondo que la mayor cantidad de veces es durante la ducha, un momento personal e íntimo en donde la mente no está necesariamente trabajando ni contaminada con las actividades diarias.

Intentando analizar el origen de las ideas, llegué a concluir que éstas pueden provenir de distintas formas. La intuición, la comprensión que cada uno tiene del mundo, la combinación de ideas pasadas u otras observaciones que detectan asimetrías o necesidades no cubiertas. Incluso la estética puede ser un originador de grandes ideas y disrupciones, como lo fue la obsesión de Steve Jobs por la caligrafía y su diseño de Macintosh diez años más tarde. Lo interesante es que cuando una idea cruza lo que Steven Johnson, autor del libro «De dónde vienen las ideas«, denomina el posible adyacente, la evolución y la innovación se desencadena naturalmente. Se trata de combinar lo que es posible hoy con lo que está inmediatamente en ese futuro próximo o adyacente. El Mac fue el primer computador del mundo con tipografías bellas. El resto de la historia es conocida.

Pero si miramos las grandes invenciones de la historia, encontraremos un factor común. Al parecer, gran parte de ellas, incluido los computadores, nacieron a partir de la necesidad por jugar o entretenerse. La famosa «caja musical», que a partir de un rodillo codificado con pines permitía hacer sonar una melodía podría considerarse como la primera aproximación a lo que hoy conocemos como hardware y software. Cambiando el rodillo, cambias la música, es decir, el software o programa a ejecutarse.

Sin embargo, para que estas ideas se conviertan en reales innovaciones, útiles y resuelvan una real necesidad, deben evolucionar, pero no evolucionarán de manera natural a menos que las condiciones sean favorables para que germinen, como fue el origen de la vida misma hace millones de años atrás. La innovación no ocurre tampoco de la noche a la mañana, aunque algunos puedan creer en la generación espontánea. Por el contrario, se trata de una maduración lenta, que implica cambios en múltiples aspectos, como los sociales, culturales, tecnológicos, etc. La World Wide Web, cuyo padre fue Tim Berners-Lee al establecer la primera comunicación utilizando el protocolo http de internet, fue conectando pedazos de información y generando combinaciones que, después de más de diez años, originaron los principios de la internet que hoy conocemos. Puro ensayo y error.

Johnson asegura que el error es necesario para que surjan y evolucionen las ideas. De la misma forma como los genes se traspasan de padres a hijos, son las mutaciones de ellos, esos «errores», los que generan los grandes cambios en la evolución. La mayoría fallan, pero los que aciertan son los responsables de que la evolución no se estanque. Para mí está claro que los errores son el pavimento de las carreteras al éxito.

La reutilización de aprendizajes y errores pasados en nuevas aplicaciones o usos no convencionales es otra fuente de inspiración para la innovación, generando nuevas ideas a partir de aquellas antiguas o que no funcionaron. Muchas de las ideas más geniales han sido el resultado de algo que fue creado con un fin totalmente diferente. No todo debe ser tan original y muchas veces las piezas para innovación están ahí, sólo hay que juntarlas.

Por ello, cada vez que alguien me comenta que se encerrará con su equipo a realizar sesiones de brainstorming, mi cara me delata, cuya expresión revela mi pensamiento sobre las reales posibilidades de que desde allí salga una buena y original idea. Servirá para desarrollarla, sin duda, para permitir que evolucione y entender mejor la problemática en dónde podría ser aplicada, pero el germen inicial de ella hace rato habrá nacido en la mente de alguien, aunque él mismo no lo haya descubierto aún.

Todos somos influencers

En un mundo hiperconectado, en donde los likes y los amigos virtuales son símbolo de estatus, liderazgo, poder e influencia, se hace más necesario que nunca analizar la importancia de las relaciones reales y su valor. Esas personas que nos ayudan a crecer y a desafiarnos, motivándonos a ser mejores personas y profesionales, sin enviadas ni falsas corazas.

A Jim Rohn, exitoso empresario, autor y orador motivacional, mentor de destacados personajes, entre ellos Tony Robbins, se le reconoce mundialmente por la conocida frase «Eres la media de las 5 personas con las que pasas más tiempo«. Lo que esta frase nos dice, más allá de si estás o no de acuerdo, encierra una gran verdad.

Yo elijo rodearme de aquellos que sumen, o al menos no resten, de personas transparentes y sin dobleces, que luchan por superar el miedo y no tienen temor a mostrarse vulnerables. Hace algunos años, no muchos, decidí dejar atrás las relaciones tóxicas y a las personas hipócritas, esas que sólo restan. Desde entonces, me he distanciado de algunos que consideraba cercanos o incluso amigos, pero han entrado en mi vida muchas más personas que han logrado impactar en mi y en el propósito que me he plantado, con quienes hemos desarrollado relaciones de alto valor.

Es conocido que las personas tienden a parecerse a quienes las rodean y con quienes comparten más tiempo. Los hábitos y conductas que tenemos son contagiosos, por lo que nos asemejamos a las personas con las que pasamos más tiempo en nuestra vida.

A lo mejor nunca lo pensaste, pero te invito a que hagas una lista de esas cinco personas con las que más compartes, no familiares, y analiza sus gustos, intereses, desafíos, habilidades, conocimientos, hobbies, nivel sociocultural, etc. y verás que se parecen mucho a los tuyos. Junto a esta reflexión, analiza si están aportando positivamente a tu vida, más allá de lo entretenido que pueda ser pasar un rato con ellos. Piensa también si, por el contrario, pueden estar limitándote en tu crecimiento y desarrollo personal y en tu vida.

Jim Rohn señala que luego de conversaciones profundas o cotidianas con la gente que te rodea, estas personas comienzan a  influir en ti de cierta manera, sin que te des cuenta. La forma en que esto ocurre es que comenzarás a imitar algunos de sus hábitos, incluso cosas simples, como lo que comes, como te vistes o tu rutina de entrenamiento físico.

No se trata de que elijas a tus amigos por una ecuación de valor transaccional. No es eso lo que estoy diciendo aquí. Simplemente estoy sugiriendo, dado que nuestro tiempo es limitado, que si lo que buscas es un cambio transformacional o mejoras en tu vida, busques a las personas adecuadas para impulsar ese cambio, donde hace sentido que ellas tengan cualidades positivas y compartan tus valores. No olvides el poder de estas personas sobre ti, cuyos cambios se dan en períodos largos de tiempo y los que sólo notarás si tomas conciencia de ello y decides observarlo de manera racional.

Sigmund Freud dijo que «No elegimos a los otros al azar, nos encontramos con aquellos que ya existen en nuestro inconsciente». Nada es porque si, incluso cuando esas personas nos hacen daño, es porque algo debemos aprender de ellas. El inconsciente es involuntario a nuestro estado consciente y contiene toda la información de nuestra historia, con las creencias y paradigmas que se han formado en nuestro ser.

Ahora que hiciste el ejercicio anterior, ponte a pensar cuánto influyes en otros. A lo mejor eres una de esas 5 personas para mucha gente. Eso abre un espacio de responsabilidad en ti que no debes evadir. Es obvio que somos una de ellas para nuestros hijos, pero al igual que los niños imitan y aprenden del comportamiento de sus padres, estamos influyendo también en nuestra sociedad a través de esas personas sobre las cuales ejercemos influencia, por lo que tenemos el deber moral de influir de manera positiva y facilitarles el aprendizaje en su proceso personal de crecimiento.

Como puedes ver, sin pensarlo, todos somos influencers. Elige bien de quiénes quieres influenciarte y hazte cargo, responsablemente, por los que estés influenciando.

La alquimia de los datos

Durante gran parte de mi vida profesional he estado vinculado a los datos. En un comienzo se trataba sólo de recopilar, almacenar y gestionar la información básica para poder llevar un correcto control de la empresa y la relación con los clientes. Poco o nada se hablaba del valor de éstos, desde múltiples dimensiones y no sólo la transaccional, para poder tomar mejores decisiones de negocios y comprender profundamente a nuestros consumidores. Hoy, ninguna empresa puede estar ajena a esto y quienes han descubierto el valor de los datos e implementado capacidades de análisis sobre ellos, han visto cómo es posible transformarlos en oro, tal cual como los alquimistas pretendían convertirlo a partir del plomo.

Los antiguos egipcios desarrollaron la alquimia como una forma de aventurarse a descubrir lo desconocido, los elementos constitutivos del universo, los metales y el elixir de la vida, entre otras cosas. La idea detrás de ella era encontrar la piedra filosofal que permitiera convertir todos los metales en oro.

Cuando ya estamos de lleno en la cuarta revolución industrial, esa que se caracteriza por la transformación de los datos en conocimiento, ya podemos ver cómo esta capacidad está transformando nuestra sociedad, generando desorden en varias industrias y sectores económicos tradicionales. Esta transición nos traerá muchos beneficios, pero no estará exenta de problemas y fricciones sociales.

Desde los años 50, cuando Alan Turing planteó la pregunta sobre si las máquinas podrían llegar a tener la capacidad de pensar, los desarrollos no se han detenido y nos han llevado a ver vehículos autónomos, computadores ganando en el ajedrez a maestros como Kasparov y hasta máquinas replicando obras de arte de Rembrandt. Cada vez son más los ámbitos en donde la ciencia de datos y el aprendizaje de algoritmos y redes neuronales simulando el cerebro humano nos impresionan. Se trata de tecnologías basadas en el aprendizaje profundo (deep learning) en donde los computadores son entrenados para analizar grandes volúmenes de datos, reconocer patrones de comportamiento y aprender de ellos. Los profesionales en estos ámbitos son cada vez más demandados y su nivel de especialización no para de crecer.

La mayoría de las profesiones del futuro, esas que estudiarán nuestros hijos y nietos, ni siquiera se han creado. Se trata de un nivel de cualificación sin precedentes para los nuevos profesionales, basado en el nivel tecnológico alcanzado y que ha permeado a todo nivel con avances sorprendentes, desde la literatura a la ciencia, pasando por el comercio, las finanzas, la educación, las comunicaciones y la medicina. Hoy, por ejemplo, ya estamos con el conocimiento casi completo de la secuencia del genoma humano, lo que permite vislumbrar una futura cura del cáncer y otras enfermedades.

El Premio Nobel de Física de 1965, Richard Feynman, quien trabajó en electrodinámica cuántica, alguna vez dijo: «Nada en la biología indica que la muerte sea inevitable. Esto me sugiere que no lo sea en absoluto y que es cuestión de tiempo que los biólogos descubran qué es lo que nos está causando el problema y que esta terrible enfermedad universal sea curada».

¿Será que estamos próximos a la muerte de la muerte? Al parecer, estamos avanzando rápidamente a convertirnos en seres casi inmortales. Al conectar nuestra mente a la de los supercomputadores , nuestra capacidad de análisis se expandirá de una forma extraordinaria, pasando del homo sapiens a lo que los autores del libro «Alquimia», Juan Manuel Lopez Zafra y Ricardo Queralt, han llamado el Homo algorithmus, quienes se caracterizarán por desarrollar su inteligencia fuera de su propio cuerpo, en conexión con la nube.

Pero todo este avance y su evolución se ha visto coronado con el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial en los últimos años, la que tiene sus orígenes en los años 50. Lo dijo Stephen Hawking : «Cada aspecto de nuestras vidas será transformado [por AI]«, y podría ser «el evento más grande en la historia de nuestra civilización«. Estas transformaciones están abriendo un nuevo debate sobre su desarrollo y uso adecuado. Los avances logrados deben estar centrados en el ser humano y garantizar los beneficios para la humanidad en su conjunto, lo que se garantiza con un marco normativo y políticas claras respecto de su uso y aplicaciones, las que no pueden dejar al margen las responsabilidades humanas detrás de ellas. Hoy ya estamos siendo dirigidos por ella y están guiando nuestras elecciones, nuestra exposición a las noticias, al consumo y hasta nuestra propia voluntad, a veces de manera perjudicial.

La inteligencia artificial es extremadamente poderosa y nos traerá grandes beneficios en todo sentido, incluido el cambio climático y los problemas ambientales, pero no debe quedar en una zona gris, sin ley. Son los datos el verdadero oro, cuyo rol es mucho más importante que antes, los que pueden crear una ventaja competitiva relevante. De nosotros depende el uso que le demos, pensando siempre en cuidar el ser humano, su privacidad y sus derechos.

La mentalidad infinita

Hace un tiempo me topé con el último libro de un genio, Simon Sinek, quien ha inspirado a millones de personas y ejecutivos de empresas a repensar su estrategia, su propuesta de valor y la forma en la que la comunican internamente y a sus clientes.

La pregunta que se intenta resolver en el libro «The Infinite Game» es ¿cómo es posible ganar casi todas las batallas, pero finalmente perder la guerra? Lo ejemplifica el autor con lo que pasó en la guerra de Vietnam, donde Estados Unidos ganó prácticamente todas las batallas, pero finalmente fue el perdedor de la guerra en su conjunto. Entonces, ¿cuál es la definición precisa de «ganar»? La respuesta es que ganar es desarrollar una mentalidad infinita o, como el título del libro de Sinek lo indica, es jugar «El juego Infinito».

Los juegos infinitos se definen como un juego en el cual los jugadores son conocidos y desconocidos, las reglas modificables y cuyo objetivo no es ganar, sino que seguir jugando. A diferencia del juego finito, que tiene un inicio y un fin, reglas fijas y un objetivo claro, ganarlo, el objetivo del juego infinito es perpetuar el juego.

Cuando los jugadores enfrentados a un juego son del mismo tipo, es decir, ambos finitos o ambos infinitos, el sistema es estable, lo que no genera problemas a nivel estratégico. Ambos jugadores estarán por el mismo objetivo. Por el contrario, cuando se enfrentan jugadores con estrategias distintas, uno finito versus uno infinito, se presenta un problema. Mientras el primero jugará para ganar, el segundo lo hará para seguir jugando, lo que traerá problemas para el primero, quien siempre se encontrará en aprietos al competir con quien está jugando un juego de largo plazo, utilizando todos sus recursos para permanecer y no para ganar.

«En el mundo del management, los ejecutivos se obsesionan por el juego corto, el de ganar, pero en el preciso momento en que estos se obsesionan por este tipo de juego, lo pierden», dice Sinek.

Para lograr tener una mentalidad infinita, lo primero es tener una buena causa, justa, por la cual luchar. Esa causa permitirá que sacrifiques tu interés inmediato por ella. La confianza en los equipos, y al interior de ellos, es fundamental para lograrlo, evitando caer en relaciones transaccionales basadas en objetivos individuales y de corto plazo.

Pero mirar el largo plazo exige un liderazgo y flexibilidad particulares, que permitan la aceptación de los errores cometidos y la realización de cambios de rumbo estratégicos radicales cuando sean necesarios, sin miedo al reproche. Esto exige un coraje enorme de parte del líder, quien puede tener que pagar altos costos personales por querer jugar un juego infinito que otros pueden no comprender. Lo interesante es que ambos esquemas de juego no son antagónicos ya que el juego infinito es un contexto dentro del cual existen muchos juegos finitos. El juego finito es sólo una milla dentro de una maratón.

Simon Sinek lo explica de esta manera : «si queremos que nuestra gente sólo tenga un fin finito, entonces nuestros empleados de primera línea harán cumplir las reglas sin escrúpulos porque eso es lo que protege el resultado final. Pero queremos que se preocupen un poco más por el juego largo, por lo que les pedimos que ofrezcan un buen juicio y un buen servicio al cliente y, a veces, que hagan algo que pueda costarle a la empresa un poco de dinero extra, para proteger la relación con los clientes».

Una empresa construida para el juego infinito no piensa exclusivamente en ella misma, sino que considera también el impacto de sus decisiones sobre sus empleados, su comunidad, la sociedad y el mundo en su conjunto. En otras palabras, considera tomar decisiones basadas en valores antes que en intereses individuales o mezquinos.

Las empresas que están en un juego infinito saben que deben adoptar modelos de innovación y aprendizaje continuos para no desaparecer por lo que no suelen emitir declaraciones del tipo «vamos a derrotar a la competencia» o «somos los primeros». El contexto y el marco de tiempo en que se dicen estas cosas definen en qué tipo de juegos estás, por lo que la próxima vez que las escuches analiza y pregúntate ¿ está mi empresa jugando un juego finito o infinito?

Si quieres tener «éxito», nunca comas solo

Estoy con la bandeja en la mano recorriendo con la mirada el lugar, en búsqueda de una mesa vacía para poder sentarme. Pero no veo ninguna desocupada. Espacios hay muchos, pero todas las mesas tienen al menos un comensal. No se en cuál sentarme. Me quedo congelado, con la mirada perdida, hasta que decido por una, la más cercana.

¿Cuántas veces te has visto en una situación similar? Ya sea porque no nos gusta salir de nuestra zona de confort, tenemos creencias limitantes, le tenemos «miedo al miedo» o simplemente preferimos mantenernos en nuestro espacio interior, estoy seguro de que lo que describo nos ha pasado a todos alguna vez.

No fue hasta hace poco que tomé la decisión de nunca más comer solo. El sentarse a comer acompañado es una buena oportunidad para establecer relaciones y conversaciones interesantes con otros, en momentos distendidos, en donde no existe la presión por obtener algo a cambio, sino que se trata más bien de disfrutar del momento, desinteresadamente.

Construir una buena red lo antes posible es la base del «éxito» profesional. Los que me conocen saben que no me gusta esa palabra, pero me veo obligado a utilizarla cuando hablo de negocios. Cualquiera puede intentarlo para alcanzar ese éxito. La gracia de todo esto es que el background profesional o cuan inteligente seas no son las partes fundamentales de la ecuación. Lo fundamental es desarrollar redes exitosas, en donde la base es ayudar a otros. Si eso ocurre, pronto te encontrarás en una red colaborativa, de la cual tú también podrás beneficiarte.

Aunque el contacto permanente con otros, de forma fría e intrascendente, sólo genera inquietud y estrés, y las personas inteligentes tienden a resolver sus problemas y dudas por sí mismas, un estudio de British Journal of Psychology reveló que depositar la confianza en otras personas es esencial para nuestra supervivencia y éxito profesional.

Ayudar y confiar en otros hace que le gustes a los demás y la gente hace negocios con quienes se sienten cómodos, con quienes confían y les gustan. No se trata de administrar transacciones, se trata de administrar relaciones, como lo indica Keith Ferrazzi en su libro bestseller del New York Times «Never eat alone«.

En los tiempos que corren las redes resultan ser aún más fundamentales que antes. Ya nadie trabaja toda su vida para una sola empresa, por lo que estar conectados es lo que nos permite descubrir y aprovechar las oportunidades que se nos presentan, ya sea en una nueva empresa o comenzando un nuevo negocio. El momento para comenzar a construir esa red es ahora.

Todo parte con un tema de mentalidad, en la cual la generosidad debe imperar como clave del éxito para ser un buen networker. No se trata de no pedir ayuda, sino que de estar con la misma disposición a darla sin esperar una recompensa por ello. Como señala Ferrazzi «el hombre hecho a sí mismo no existe, estamos hechos de miles de otros»

Hace un par de años un ingeniero que había sido despedido de una corporación en sus 50’s me dijo «Me ha sido difícil encontrar trabajo como consultor. He publicado en LinkedIn, pero he tenido nulo éxito«. Le pregunté qué aportes había entregado en esa red profesional previamente. Quise saber si había contribuido a otros o generado algún capital social en ella. Rápidamente me percaté que no. Simplemente la estaba utilizando en su momento de desesperación, para pedir ayuda. Nadie lo conocía, como persona ni mucho menos como profesional.

El contenido es tu diferenciación. Debes mostrar tu valor y experiencia en el tema que te apasiona, comunicando ese valor a través de tu marca personal. Muchos hablan y critican el «autobombo». Un día escribiré sobre ello, porque es verdad que existe. Pero aquí estoy hablando de algo distinto, de hacer un esfuerzo por conectar con otros con un propósito claro de ayudar y aportar para hacer de este mundo un lugar mejor.

Por eso, no se trata de generar redes porque sí. Es necesario tener claro el objetivo que se persigue y moverse de acuerdo a lo que te apasiona, para crear los lazos con las personas correctas. Encuentra esa pasión para definir ese nuevo objetivo en la vida. Tus sueños y talentos son los que te pueden llevar al lugar que deseas, pero antes debes hacerlo explícito.

¿Te ha pasado alguna vez que crees que un amigo o conocido será la persona que más te ayude en tu necesidad? En general ocurre lo contrario. A menudo, las personas más importantes en nuestra red no son la familia ni los más cercanos. Si has construido una buena red, tendrás en tu círculo a mucha gente diversa y de otros círculos, por lo que el acceso a conocimiento e información no disponible para ti cobrará un valor relevante a la hora de activar esas relaciones y compartir conocimiento. Conecta con gente cada vez que puedas, aunque no veas el valor inicial, pero no los uses de manera transaccional. Intenta crear lazos más profundos a través de temas como la salud, el dinero o los hijos.

Las redes sociales responden a una progresión geométrica. Eso significa que cada nuevo miembro aporta mucho a la red, aumentando su valor de manera exponencial y generando más oportunidades para más personas, lo cual crea una asociación en expansión, como lo es la Internet misma. Por ello, la realidad es que nunca ha existido un mejor momento para relacionarse. Una buena red de personas nos ayuda además a que se cumpla la separación teórica de seis grados entre dos personas cualquiera en el mundo. Según esto, cualquier persona con quien quieras contactarte, está a un máximo de seis relaciones de conocidos entre tú y esa persona, probablemente menos. Si quieres saber más de esto, te invito a leer el libro Six Degrees: The Science of a Connected Age del sociólogo Duncan Watts.

En la era digital no hay ninguna razón para vivir y trabajar aislado, aunque el trabajo remoto nos haya obligado a lo contrario. Hoy podemos estar más conectados que nunca y debemos aprovecharlo. El éxito profesional depende de a quiénes conoces y de cómo te relacionas con ellos. Por eso, si tienes la oportunidad de sentarte a compartir una comida, hazlo y nunca más te sientes a comer solo.

Ser tu mismo es suficiente

¿Te pasa que cada día te cuesta más acostarte tranquilo o tranquila pensando si hiciste todo lo que debías durante el día? Aún es más difícil si pensamos en las decisiones que tuvimos que tomar, conscientes de que algunas cosas las pudimos haber hecho mejor, o derechamente, las hicimos mal.

He sido en mi vida una persona que evitó siempre decir que no, sabiendo que las demandas que podría implicar ese “si” me llevarían a sobrepasar mis capacidades y me generarían stress. Hubo veces que dije “no”, aunque quería decir lo contrario… y no me atreví.  ¿Por qué lo hacemos? Sea por miedo, sentimientos de culpa, necesidad de aparentar o por satisfacer a otros, la realidad es que muchas veces actuamos de una manera que no refleja nuestro ser y nuestro real sentimiento.

Vivimos con la presión diaria de satisfacer a otros, de acuerdo a sus expectativas sobre nosotros mismos, con máscaras que nos hacen ser distintos a lo que realmente somos, diciendo cosas que otros quieren escuchar o que no responden a nuestros reales pensamientos, solo con el fin de satisfacerlos y no mostrarnos débiles o vulnerables. Esta conducta, estresante y extenuante, puede terminar consumiendo nuestras vidas.

La vulnerabilidad es incómoda para la mayoría de nosotros, por lo que es común que busquemos formas de disimularla, aparentando que somos fuertes. Sin embargo, es la esencia de gran parte de lo que sentimos y, por lo mismo, tiene mucho valor. Todo el sufrimiento o las perturbaciones que podamos sentir por hechos de la realidad son una construcción que se origina en nuestra mente. Por lo tanto, aunque nadie dice que sea fácil, basta con diferenciar entre las situaciones externas, que son siempre neutras, con lo que pensamos acerca de ellas, lo cual es una distorsión subjetiva generada por nuestra mente a partir de nuestras creencias. Somos nosotros los que le damos el carácter positivo o negativo a las situaciones que nos toca vivenciar.

Entonces, ¿no sería mejor ser capaces de reconciliarnos con nuestro propio ser y con la idea de que somos vulnerables, imperfectos y, a veces, cobardes? Esto es justamente lo que plantea Brené Brown, destacada escritora e investigadora, en sus libros “Los dones de la imperfección” y “El poder de ser vulnerables”.

En un mundo de redes sociales digitales de alcance global, en donde nuestra vida se expone sin filtro, todo el mundo quiere mostrar a la persona que quisiera ser. Nos ponemos máscaras para mostrar a ese individuo a través de una imagen artificialmente construida de nosotros.  O ¿has visto alguna vez una historia en Instagram donde alguien se muestre vulnerable o débil?. Por el contrario, nos mostramos en situaciones en donde aparentamos tener el control y que potencian esa imagen de éxito y felicidad que buscamos proyectar.

La historia personal de cada uno, o “la mochila” que cargamos, es la que predetermina nuestra forma de actuar, nuestros miedos y temores. Brown nos dice que la aceptación de esa historia y, por ende, la de nosotros mismos, es la forma de avanzar en el camino para experimentar los estados de felicidad, amor y pertenencia que todos los seres humanos anhelamos. Ese estado se construye a partir de todas las pequeñas y grandes decisiones que debemos tomar a diario.

Muchas decisiones en mi vida las he tomado de “guata”, lo que algunos llaman intuición u olfato. Es fácil demostrar que aquellos que tienen un olfato desarrollado se equivocan menos que aquellos que no lo tienen. Y es porque muchas veces no existe mejor regla para decidir que confiar en nuestros propios instintos.

En cambio, son innumerables las veces que dejamos de hacer lo que sentimos y queremos, por miedo o por pensar que las cosas podrían salir mal.  Lo malo de esto es que es muy complejo poder discernir entre una idea mala y una que puede parecer mala, simplemente porque nos asusta. Es ahí cuando el instinto debe jugar su rol, ya que es nuestra mejor brújula para decidir. Debemos tener el coraje para decidir ser imperfectos y establecer límites, sabiendo que podemos equivocarnos en el camino.

El instinto se construye a partir de señales procesadas de manera inconsciente, por lo que se nos hace difícil poder expresarlo. En cambio, aquellas decisiones racionales sí son fáciles de expresar con argumentos que cualquiera puede entender. Si crees que debes hacer algo, pero te llenas de excusas, el consejo es que avances y hagas lo que sientes. Puedes estar tranquilo ya que las decisiones racionales y los instintos sí parecen estar correlacionados la mayoría de las veces.

En cualquier caso, cuando las respuestas se buscan internamente, raramente están equivocadas. Es común buscar respuestas en el exterior y sentir frustración e infelicidad cuando nos comparamos con otros y vemos lo que nos falta, normalmente en aspectos visibles o materiales. Te propongo un ejercicio simple: Haz una lista de los logros que quieres alcanzar en tu vida, incluyendo aquellos que ya has alcanzado. Seguro estará ahí el sueño de la casa propia, el trabajo ideal, el auto último modelo y más y más dinero. Esto necesariamente implica más trabajo. Haz ahora la lista de las cosas que te han hecho feliz en el pasado. Te aseguro que no serán esas mismas cosas de la lista anterior. Será una lista corta y sin evidencias materiales, cuyos logros se consiguen de la manera opuesta, con menos trabajo y más tiempo.

Por eso, comienza a liberarte de quien crees que deberías ser y abraza a quien realmente eres, interactuando con el mundo desde una posición distinta, de valor y merecimiento por quien eres, no por quien te gustaría ser.