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Nunca habíamos hablado tanto de productividad como ahora y probablemente nunca habíamos tenido tantas herramientas para lograrla.
Primero fueron las máquinas, después internet, los smartphones y el delivery. Hoy son los agentes de IA, capaces de resolver en minutos lo que antes tomaba horas. Los datos empiezan a mostrar la magnitud del fenómeno.
Un estudio publicado recientemente por el Banco Central Europeo denominado “AI adoption and the productivity promise: what workers report” encontró que el usuario mediano de IA ahorra unas 3 horas semanales, equivalentes al 7,7% de su jornada, aunque los propios autores advierten que la cifra está lejos de ser pareja: la mayoría ahorra poco y un grupo pequeño concentra ganancias mucho mayores. De hecho, sólo el 48,8% de los trabajadores dijo usar IA y efectivamente ahorrar tiempo con ella, lo que hace que la ganancia de eficiencia estimada para el conjunto de la economía baje a cerca del 3,8% de las horas trabajadas.
Es conocido que la magnitud del ahorro depende muchísimo de para qué usamos la IA. Sin embargo, este estudio no responde una pregunta importante: ¿dónde va todo ese tiempo?
La experiencia de las últimas décadas no es concluyente. Cada vez que una nueva tecnología nos permitió trabajar más rápido, la evidencia empírica demostró que no trabajamos menos. Con la IA hacemos ciertas tareas mucho más rápido y recuperamos tiempo, pero recuperar tiempo no significa necesariamente trabajar menos.
El correo electrónico y el Whatsapp volvió instantánea la comunicación, pero también instaló la expectativa de responder de inmediato. El smartphone nos hizo disponibles en cualquier lugar. Las videollamadas eliminaron los desplazamientos, aunque multiplicaron las reuniones, con menos tiempo entre ellas para ese café conversado o estiramiento de piernas. En cada caso, el tiempo ganado no se convirtió en descanso sino que se convirtió en más trabajo, disfrazado de eficiencia.
Debo confesar que a mí me ha pasado exactamente lo mismo. Cada hora que la IA me devuelve termina ocupada por otra tarea que antes no me habría atrevido a asumir. No es que ahora pueda decir que tengo más tiempo libre. Es que mi definición de lo posible se expandió y, con ella, la lista de cosas que “ahora sí puedo hacer”.
Ahí está el verdadero riesgo de los agentes de IA. No es que hagan el trabajo más rápido, sino que prometen ir un paso más allá. Nos aseguran que pueden trabajar por nosotros y hacerlo sin que nos demos cuenta de que el tiempo ahorrado nunca llegará a ser nuestro.
Así, lo que debemos medir no es cuánto tiempo nos está ahorrando la IA sino en qué estamos dispuestos a hacer con él antes de que alguien, o algo, lo llene por nosotros.

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