
La deuda que estamos acumulando gracias a la IA
La idea de que tener acceso a toda la información del mundo, como lo promete Google en su propuesta de
Dejé de leer a alguien que sigo en LinkedIn. No porque sus temas fueran malos, ya que estos seguían siendo contingentes y bien elegidos. Fue porque en algún momento desapareció la sensación de que había alguien detrás. Primero fue una intuición difusa pero después se volvió evidente. Sentí como si esa persona hubiese delegado el pensamiento.
Esa experiencia, real por cierto y que parece menor, dice más del momento que vivimos que cualquier análisis sobre inteligencia artificial.
Durante años asociamos valor con perfección en todo. Nos enseñaron desde el colegio a escribir con textos impecables, sin faltas de ortografía y buena redacción, ideas ordenadas y ejecuciones sin error. La IA cumplió esa promesa de forma brutal, con una perfección total de manera rápida, abundante y barata. El problema es que eso se volvió un commodity, y cuando algo se vuelve commodity, deja de ser diferenciador. Deja de ser ventaja y se convierte en el piso mínimo, el “desde”.
Lo anterior no sería un problema si no estuviéramos perdiendo la capacidad de producir cosas nuevas y distintas. Michel Desmurget, doctor en neurociencias, lo documenta claramente en su libro La fábrica de cretinos digitales. Nos dice que no es un problema de distracción solamente, sino más bien es un deterioro cognitivo progresivo y medible. Menos lectura profunda, menos escritura, menos memoria activa y más estímulo rápido, es decir, más dopamina inmediata.
Desde los años 80 ciertos indicadores de capacidad cognitiva, después de décadas de aumento sostenido, comenzaron a estancarse y retroceder. La razón es simple: cambiamos esfuerzo por facilidad. Externalizamos la memoria, simplificamos el lenguaje, reemplazamos profundidad por velocidad. Todos sabemos que un músculo que no se entrena simplemente se pierde. Lo más inquietante es que en la era de la herramienta más poderosa que hemos creado para amplificar el pensamiento, estamos menos entrenados para pensar por nosotros mismos.
Nos han dicho por todos lados que la IA no reemplaza el pensamiento, sino que lo amplifica. Pero si no hay nada detrás, lo único que amplifica es el vacío. Es por lo anterior que el «rastro humano» importa, pero no como estética ni como nostalgia, sino que como señal de que hubo proceso, fricción y criterio real. Como señal de que alguien se tomó el tiempo de entender antes de opinar y que analizó, bajo su propia óptica, lo que estaba comunicando. En un mundo de respuestas instantáneas y contenido generado en segundos, eso empieza a ser genuinamente raro… y extrañado.
Por primera vez en la historia, la imperfección auténtica empieza a tener valor y los rastros de humanidad empiezan a convertirse en estatus. Queremos ideas menos pulidas pero más honestas, opiniones que no buscan ser correctas, sino ser propias.
La pregunta que recurrentemente se instala en los titulares y comentarios en las redes es si la IA nos va a reemplazar y quiénes se verán más afectados. Es una pregunta legítima, pero en el fondo es la pregunta fácil, la más cómoda, porque pone la amenaza afuera. Las preguntas que yo me haría, un poco más incómodas, son ¿qué pasa si dejamos de ser capaces de usarla con profundidad? y ¿qué pasa cuando la herramienta es extraordinaria y el operador es superficial?
En un mundo donde cualquiera puede generar contenido perfecto en segundos, la ventaja competitiva no va a ser técnica. Va a ser cognitiva. Va a estar en quién tiene algo propio que decir y la capacidad de sostenerlo con rigor, con criterio, con liderazgo, contexto y argumentos.
La mala noticia es que eso no se entrena con un prompt.

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